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	<title>Biografía NO autorizada de CJC</title>
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	<description>Juan Pedro Quiñonero</description>
	<pubDate>Wed, 04 Jun 2008 19:47:18 +0000</pubDate>
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		<title>Vieja amistad de CJC y el pintor Antonio *.</title>
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		<pubDate>Wed, 04 Jun 2008 19:47:18 +0000</pubDate>
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		<description><![CDATA[128

Víctor de la Serna, Armario y Umbría tenían, cada uno de ellos, buenas razones para guardar el secreto doloroso de una mujer a la que respetaban, por muy distintas razones. En su juventud, cuando su padre lo inició a los arcanos del periodismo, Víctor había admirado la prosa de las primerísimas crónicas de sociedad de [...]]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<div class='snap_preview'><br /><p class="MsoNormal">128</p>
<p class="MsoNormal">
<p class="MsoNormal">Víctor de la Serna, Armario y Umbría tenían, cada uno de ellos, buenas razones para guardar el secreto doloroso de una mujer a la que respetaban, por muy distintas razones. En su juventud, cuando su padre lo inició a los arcanos del periodismo, Víctor había admirado la prosa de las primerísimas crónicas de sociedad de la joven Celia de su época; y deseaba conseguir para el nuevo <em>Informaciones</em>, dirigido por su hermano Jesús, una colaboración semanal de la ilustre académica&#8230;</p>
<p class="MsoNormal"><span id="more-61"></span></p>
<p class="MsoNormal">[ .. ]</p>
<p class="MsoNormal">
<p class="MsoNormal">&#8230; Armario había sido el primer editor de varios de los libros más justamente famosos de Celia, e intuía que <em>Caína, 1936</em> sería un aldabonazo. Llegado años atrás al café Colón, Umbría ya piafaba por recibir premios y honores académicos, trepando, como podía, en la selva urbana de Caína. Celia creía compartir con ellos ciertas complicidades, sin deberles servicios cortesanos, como le ocurría con Marañón, el gran artífice de su ingreso en la Academia; ni tener la callada intimidad que une a los artistas que comenzaron su carrera por la misma época, en el mismo lugar, como le ocurría con Antonio Ruiz. Aunque ella conociese, como nadie, el abismo que los había separado, desde que se conocieron, en el sanatorio de Cerrillos del Torce, donde a él, el 24, lo ataban con correas a su cama metálica, cuando su única locura era intentar aprender a pintar el frágil esplendor de la flor de los cerezos; mientras ella languidecía, cada tarde, en la terraza de la clínica, contemplando el resplandor lejano de las luces de Caína, la ciudad que ella pondría a sus pies, como una furcia que se compra con dinero.</p>
<p class="MsoNormal">
<p class="MsoNormal">Antonio conquistó Caína con sus vistas panorámicas de la ciudad, contemplada desde la terraza de algunos grandes edificios, cuya perspectiva le permitía construir una visión olímpica del laberinto urbano, tocado por el albo rosado de una luz cenital que quizá era, en verdad, el tema central de sus composiciones: el esplendor de la luz vistiendo todas las cosas con la gracia de una arquitectura celeste, redimiendo la pequeñez atormentada de una ciudad vencida por sus demonios. Ni la portada de <strong>Time</strong> ni el contrato de la Malborough, consagrándolo como una respetada figura internacional, sacaron a Antonio Ruiz de su estudio, en las afueras de Colmenar de Gredos, cuya modestia impresionó a Celia, durante su primer reencuentro, con motivo del proyecto, parcialmente fallido, de la primera edición ilustrada de su <em>Viaje a Poncia</em>. Admirando el arte de Antonio (cuya condición apolínea no estaba exenta de una angustia sofocada en el trabajo diario: ella conocía el dolor físico del joven artista atado con correas de cuero a su cama de sanatorio, cuando el aprendizaje de su arte corría parejo a una enfermedad de los nervios), Celia había tomado el camino inverso. Antonio contemplaba con amor las cosas y los seres más humildes&#8230; la cuna de su niña recién nacida; su casa encendida; las luces de la ciudad, hacia el alba. Por razones que desconocía, Celia había comenzado por advertir que sus primeros cuadernos juveniles se poblaban de chillonas aves nocturnas, la infame turba de lisiados y seres tullidos por la vida, perdida el alma y caídos sus cuerpos en infames lugares de solitaria agonía. La almadraba donde se fundaba su merecida gloria no era una colmena laboriosa, si no una trampa donde se perdían, como atunes desnortados, bandas errantes de seres humanos condenados al sacrificio sin redención, que era la ley del triunfo en Caína.</p>
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		<title>Boda secreta de CJC, en París</title>
		<link>http://biocjc.wordpress.com/2008/04/28/boda-secreta-de-cjc-en-paris/</link>
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		<pubDate>Mon, 28 Apr 2008 06:18:31 +0000</pubDate>
		<dc:creator>biocjc</dc:creator>
		
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		<description><![CDATA[73
La monótona señal plana de un teléfono descolgado no indicaba la hora exacta en que Celia y Laure pudieron interrumpir su conversación; pero si parecía sugerir a Ramón, al despertarse, escuchando la lluvia, mansamente, sin cesar, en el patio desde donde entraba una tímida luz perlada, finísima, el descuido, el abandono, con que Celia había [...]]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<div class='snap_preview'><br /><p class="MsoNormal"><span>73</span></p>
<p class="MsoNormal"><span>La monótona señal plana de un teléfono descolgado no indicaba la hora exacta en que Celia y Laure pudieron interrumpir su conversación; pero si parecía sugerir a Ramón, al despertarse, escuchando la lluvia, mansamente, sin cesar, en el patio desde donde entraba una tímida luz perlada, finísima, el descuido, el abandono, con que Celia había estado cuchicheando, a sus espaldas, mientras dormía, extraño, ajeno y muy lejos del oscuro mundo que había entrelazado la vida de las dos amigas de manera tan inextricable…</span></p>
<p class="MsoNormal"><span id="more-60"></span><span><br />
</span></p>
<p class="MsoNormal"><span>[ .. ] </span></p>
<p class="MsoNormal"><span><span> </span>… Mundo al que continuaban atadas, quizá, por los invisibles lazos innumerables que amortajaban y fruncían el ceño de Celia, dormida, reflejando, involuntariamente, un nudo de conflictos y pasiones contra las que nada podía un hombre solo, dispuesto a desposar a la madre de su hijo, para darle familia y cobijo, cuando, ahora lo comprendía, también él necesitaba encontrar una morada propia, antes que el aguacero que caía, inmisericorde, llegase a calar hasta las paredes desnudas de su corazón. Pero la lluvia no cesaba ni dejaría de caer, nunca. Celia terminó por despertarse y buscar refugio entre sus brazos, cuando el teléfono volvió a sonar, para advertirla, a través del recepcionista, aleccionado por Laure, que diluviaba; y el camino, muy corto, entre la alcaldía y la iglesia de Saint-Sulpice, sería como atravesar un torrente, a nado. El taxi que los condujo desde el <em>Hôtel du Pont Royal</em> hasta la <em>rue</em> Bonaparte, donde los esperaba Laure, acompañada de Miguel Pérez Ferrero, intentando cubrirla, con un minúsculo paraguas rojo, ante la puerta de la alcaldía, dio una vuelta interminable; como si conducirlos hasta aquel lugar fuese un obligado calvario, que debían sortear antes de jurarse respeto y amor eternos, con una ceremonia y sacrificio que les prometería la redención de la nueva vida que llegaba; pero que comenzó con un estallido de lágrimas de Laure. Lágrimas de alegría, dijo, abrazando a Celia, muy fuerte, cuando concluyó la primera y brevísima ceremonia civil, y tuvieron que atravesar, a pie, bajo la lluvia, la plaza de Saint-Sulpice, sorteando la fuente y las estatuas, desnudas de palomas.</span></p>
<p class="MsoNormal"><span>Alegre y confiado, a pesar de la lluvia, Miguel Pérez Ferrero no pudo evitar los recuerdos. Él ya había visitado aquella iglesia, acompañando a don Pío, a don Antonio Machado y a su hermano Manuel, que vivió en los alrededores, en la misma calle donde Scott y Zelda Fitzgerald alquilaron un piso, muy próximo del hotel donde se suicidó Joseph Roth y fue escrito <em>El árbol de la ciencia</em>, años después que allí floreciesen los versos del árabe andaluz con un alma de nardos, tan cerca de la calle donde vivió y murió Marga, la divorciada solitaria, la mujer que el autor de <em>Senos</em> amó de manera intermitente. De todas aquellas historias no quedaba nada. Solo las inmensas columnas barrocas de Saint-Sulpice los protegían contra la lluvia. Entrando, al fin, a la derecha, el Ángel y el Jacob de Delacroix proseguían su lucha eterna. Sin saber que citaba a Baudelaire, involuntariamente, apenas preocupada por la tímida luz cenicienta, tamizada por la lluvia, impidiéndole lucir su <em>toilette</em>, Laure no pudo contener su inquietud ante aquel combate; comentando, con miedo, que los colores quejumbrosos y lastimeros de aquella escena no tenían el encanto y el brillo atractivo de las cosas que se compran y se venden con la moda (atraída, sin poderlo remediar, por la bisutería, las joyas falsas y los lujosos mantos, esmeralda y verde carmesí, copiados de Veronese sin arte, convertidos en máscaras mortuorias, reproducidos en serie). Celia, cogida del brazo de Ramón, abría la minúscula comitiva, fingiendo no oír a su amiga, para no reír, o llorar, con unas ocurrencias tan alejadas del sacrificio que ella se aprestaba a consumar, de rodillas, ante un altar al que llegaba libremente, para atarse a un hombre al que no sabía si amaba pero había sido el único ser capaz de cuidarla, estar a su lado, cuando todo se hundía a sus pies y él si supo como protegerla de sus demonios suicidas. Cuando pasara el tiempo (desde el día siguiente, cuando, en el tren, de regreso hacia Caína, de nuevo, comenzara a preguntarse como escapar a aquella pesadilla), sin embargo, descubriría que su conflicto interior de noches pasadas había quedado para siempre asociado a los colores quejumbrosos de aquella pintura tardía de un hombre acosado por los dolores de la edad y del alma; reflejando su propio tormento físico, luchando, durante toda una noche, interminable, contra un ser invisible que había aceptado el desafío, suave, tranquilo, sin permitir que la cólera alterase las formas divinas de su figura angelical.</span></p>
<p class="MsoNormal"><span>Combate de una mujer insomne, luchando con sus recuerdos, sus deseos, su deber, sus promesas; forcejeando con su ángel custodio, quién, a través de su atormentada conciencia, algo le dijo que no había llegado a entender y todavía tocaba su rostro de novia conducida al altar con el maquillaje lastimero que Laure había discernido en las alas del Ángel de Delacroix, sin saber de que estaba hablando.</span></p>
<p class="MsoNormal"><span> </span></p>
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		<title>CJC recibe la noticia del Nobel. El jucetino, una lengua desaparecida&#8230;</title>
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		<pubDate>Sun, 27 Jan 2008 11:38:50 +0000</pubDate>
		<dc:creator>biocjc</dc:creator>
		
		<category><![CDATA[Uncategorized]]></category>

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		<description><![CDATA[161
Inconcluso el cigarrillo con el que saborearon los últimos instantes de soledad, Iñigo advirtió asombrado como volaba el tiempo. Debía convocar con mucha urgencia al peluquero. Darían cita a la prensa a primeras horas de la tarde. El mayordomo anotaría el rosario incesante de llamadas, mientras él daba una ducha rápida a Celia, sentada en [...]]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<div class='snap_preview'><br /><p class="MsoNormal"><span><span></span>161</span></p>
<p><span></span><span><span></span>Inconcluso el cigarrillo con el que saborearon los últimos instantes de soledad, Iñigo advirtió asombrado como volaba el tiempo. Debía convocar con mucha urgencia al peluquero. Darían cita a la prensa a primeras horas de la tarde. El mayordomo anotaría el rosario incesante de llamadas, mientras él daba una ducha rápida a Celia, sentada en una bañera recomendada calurosamente por su médico de cabecera, convencido que los masajes y chorros de agua caliente eran de alguna utilidad para entretener la ilusión de una improbable cura del mal de los huesos de su paciente.</span></p>
<p class="MsoNormal"><span> </span><span id="more-59"></span></p>
<p class="MsoNormal"><span><span></span>A la salida de la ducha, Celia reclamó un café y una copita de coñac; para sentarse, de nuevo, en el sofá donde la manicura y el peluquero debían acicalarla con los afeites de una reina de opereta, presta a subir a su trono. Celoso, pero cortesano, Iñigo prometió que solo la molestaría con las llamadas imprescindibles. Desde Poncia, Ramón Picazo había llamado repetidas veces: pero no era momento de reabrir la caja de los truenos familiares. Según el mayordomo, la señorita  Celia (Celia jr.) solo llamó una vez, sin dejar ningún recado: era comprensible que una joven despechada se sintiera ofendida. Aunque Iñigo temía un estallido imprevisible, un gesto dañino y mordaz.</span></p>
<p class="MsoNormal"><span><span></span>Mientras el peluquero intentaba contener con laca la barroca composición artificial construida con su cabello, ya muy cansado y ralo, completamente cano, pero tintado de plata cenicienta, Celia comenzó a atender con parsimonia las primeras llamadas protocolarias, bromeando con displicencia sobre su salud, sobre su carrera, sobre la condición femenina, sobre la infinita incomprensión hacia Baroja, Azorín o Valle-Inclán, que fueron sus primeros maestros; a quienes Celia rendía homenaje, cuando alguno de sus interlocutores telefónicos, comenzando por el Rey, utilizaron palabras grandilocuentes para referirse a una obra que ella había construido con tanto dolor y esfuerzo, y comenzaba a escapársele de las manos, convertida en un árbol de hoja perenne, de frutos relucientes, embriagadores, degustados con delectación solitaria; a sabiendas del venenoso sabor agrio y la podredumbre que podía ocultarse tras la piel más tersa y seductora.</span></p>
<p class="MsoNormal"><span> Entre los colegas académicos, idos Dámaso y Gerardo Diego, nadie podía suplirlos en su afecto respetuoso. Pero la llamada oficial de Alonso Zamora Vicente tenía para Celia otro motivo de agradecimiento: el secretario perpetuo de la institución también era el autor del primer estudio filológico sobre el <i>jucetino</i>, la oscura lengua original del valle del Juzo que ahora recibía un homenaje tan solemne, tras haber vegetado, durante siglos, en un limbo agonal. Entre sus relaciones más antiguas, aquellas que perduraban desde el fin de la pubertad, iniciadas, la mayoría, en el colegio del que fue expulsada, por oscuras razones, tiempo ha olvidadas, solo Ana María Matute le había sido fiel, a pesar de las separaciones y la distancia, y volvía a llamarla con afecto sincero; como sinceras eran, a su manera, las lágrimas de Celia, escuchando la voz serena de una mujer madura, de su edad, que preservaba, intacta, la gracia de cuando eran unas chiquillas y se habían disputado creyendo que serían eternas las razones de un conflicto que terminó por unirlas con los lazos indisolubles de las amistades y amoríos adolescentes.</span></p>
<p class="MsoNormal"><span><span></span>Celia apenas tuvo tiempo para comer una tortilla francesa, con una copa de vino tinto, seguida de dos cafés, muy cortos, cuando el vestíbulo inmenso del Encinar comenzó a llenarse de una turba anónima de periodistas, ansiosos por recoger sus primeras impresiones, tras conocer la noticia del galardón. Encopetada, erguida, con los labios muy pintados de rojo escarlata, Celia entró majestuosa en el salón principal de su propia casa, dispuesta a dar una breve lección magistral de mujer de mundo; generosa con sus rivales, agradecida con la Academia sueca, hiriente con un ministro de cultura que parecía ignorar el acontecimiento del día; y muy feliz por anunciar su nuevo matrimonio, despertando una ola de estupor mucho más escandalosa que su premio Nóbel.</span></p>
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		<title>Lázaro y la locura de la primavera</title>
		<link>http://biocjc.wordpress.com/2007/08/22/lazaro-y-la-locura-de-la-primavera/</link>
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		<pubDate>Wed, 22 Aug 2007 18:51:59 +0000</pubDate>
		<dc:creator>biocjc</dc:creator>
		
		<category><![CDATA[Uncategorized]]></category>

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		<description><![CDATA[185
Así, la demencia de las semillas de la tierra y la folía de la humana simiente volvían a trabarse con lazos inextricables en la oscuridad de la besana abierta por el arado de aquel hombre, aquejado, a su turno, de la locura de estar vivo y tener la esperanza de levantar la piedra funeral de [...]]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<div class='snap_preview'><br /><p class="MsoNormal"><span>185</span></p>
<p class="MsoNormal"><span>Así, la demencia de las semillas de la tierra y la folía de la humana simiente volvían a trabarse con lazos inextricables en la oscuridad de la besana abierta por el arado de aquel hombre, aquejado, a su turno, de la locura de estar vivo y tener la esperanza de levantar la piedra funeral de su sepulcro, tras desentumecer su cuerpo aterido por los ungüentos mortuorios, rasgar el lienzo de su mortaja y ponerse en pie, como un resucitado, presto a salir de su tumba, en busca de la agonía de vivir&#8230;</span></p>
<p class="MsoNormal"><span id="more-58"></span><span><br />
</span></p>
<p class="MsoNormal"><span>&#8230; Lázaro Noval conocía el resultado final de la infructuosa batalla perdida una y otra vez por quienes le precedieron y habían intentando redimir aquellas tierras dejadas de la mano de Dios, para perecer en el intento. Sabía de la sal que infectó la única mina de agua, ya casi seca e insalubre. Y conocía los efectos insanos del bramido del viento azotando las ramas de los acebuches, durante las frías noches de invierno. Nadie en su sano juicio se había quedado en aquellas parameras, si no era maniatado por la pobreza, las deudas, o la incapacidad de los vivos, llegados a cierta edad, de romper el cordón umbilical con el que los muertos intentan atarlos ya para siempre a la fosa común. Incluso la resistencia estéril de los acebuches era un acto de demencia inútil, con el que aquellos olivos silvestres afirmaban la supervivencia, amenazada, pero todavía con vida, en cuarentena, de unas semillas caídas y fecundadas por azar en una tierra inhóspita, donde la mano del hombre había conseguido hacer crecer algunos magros frutos. Palmo a palmo, Lázaro conocía los límites de aquella tumba, florida con el sudor, el esfuerzo y la vida entera de sus antepasados, gastada entre los áridos bancales donde, año tras año, los almendros volvían a florecer, a primeros de febrero, vistiendo el valle con el albo rosáceo de sus flores, frágiles y quebradizas, prontas a morir, tras una nueva noche de helada.</span></p>
<p class="MsoNormal"><span> </span></p>
<p class="MsoNormal"><span>El notario de Poncia le contó a Lázaro que Celia jr. había enloquecido, a las pocas semanas de saberse desheredada y repudiada por sus padres; pero las últimas voluntades de Celia Jiruña Carón habían sido manuscritas mucho tiempo atrás, y parecían obedecer a una conjura largamente madurada; como si, donando aquellas tierras dejadas de la mano de Dios, la difunta hubiese deseado desprenderse de una pesada carga ancestral, una culpa sin posible redención, de la que solo podría liberarse con la muerte. Aunque no se le escapaba a ninguno (al notario, porque bien a las claras estaba la demencia funesta de los Carón; a Lázaro, porque sus más íntimas ilusiones de llegar a fundar una familia, crear y sacar adelante un hogar, en aquel lugar, tampoco le ocultaban completamente la locura insensata de tan fútiles esperanzas, en las que reconocía un rasgo de debilidad familiar), ni podrían olvidar nunca, que la voluntad última de donar las tierras del Hondo entrañaba un profundo misterio manicomial; vestigio, quizá, de un accidente tan impenetrable como el misterio de la flor del almendro, año tras año convertida en ceniza amarillosa, al pie de su árbol, víctima ritual de los últimos fríos del invierno, desde hace siglos, desde tiempo inmemorial; y cada año florida, de nuevo, frágil y quebradiza, como el cuerpo de una virgen loca, para volver a vestir el valle con el manto alborosáceo, oloroso a miel y espliego, que nos anuncia la llegada de otra primavera.</span></p>
<p class="MsoNormal"><span> </span></p>
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		<title>Picasso seduce, viola y profana a CJC</title>
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		<pubDate>Thu, 16 Aug 2007 20:30:25 +0000</pubDate>
		<dc:creator>biocjc</dc:creator>
		
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		<description><![CDATA[91
 
 
 
 
Picasso la cortejaba, en cierta medida, con un tacto tan delicado, que Celia todavía tardó en comprender que tales confesiones (o la manera con que su autor accedía a mostrarle, en apariencia, la representación gráfica de algunos de sus secretos; callando, ocultando, velando, las metamorfosis que conducían hasta el umbral de [...]]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<div class='snap_preview'><br /><p class="MsoNormal"><span><span></span>91</span></p>
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<p class="MsoNormal"><span>Picasso la cortejaba, en cierta medida, con un tacto tan delicado, que Celia todavía tardó en comprender que tales confesiones (o la manera con que su autor accedía a mostrarle, en apariencia, la representación gráfica de algunos de sus secretos; callando, ocultando, velando, las metamorfosis que conducían hasta el umbral de aquellas iluminaciones, semejantes a diminutos prodigios directamente caídos del cielo, como briznas de ángeles descarriados en el infierno terrenal) formaban parte de la puesta en escena de un sacrificio humano: y ella había sido escogida como víctima propiciatoria&#8230;</span></p>
<p class="MsoNormal"><span> </span></p>
<p class="MsoNormal"> <span id="more-57"></span></p>
<p class="MsoNormal"><span>&#8230; La copita de anís con la que había comenzado la ceremonia, con su brindis festivo, invitaba a la familiaridad de los comulgantes, intercambiando confesiones y secretos que harían más gozosa la unión, preparando los cuerpos, a través de la comunión de las almas, encantadas, en el umbral de los misterios que se disponían a celebrar. Cuando la sucesión de revelaciones, confidencias, secretos e intimidades terminó por embriagar a Celia, creyendo que había entrado en un territorio inaccesible al resto de los mortales, Picasso la instaló al trasluz de una ventana y le pidió que le mostrase sus pechos, desnudos, porque deseaba pintarla. La sonrisa con que Picasso acompañó su orden desvelaba una nueva máscara, caída, del mismo personaje, imperioso, presto a la ejecución, contemplando la turbación con que<span>  </span>su víctima desabotonaba su blusa de seda inmaculada, con la impaciencia de un cirujano que debe confirmar una intuición clínica. Cuando Celia se disponía a desprenderse de su collar de perlas, para que fuese completa, total, la desnudez de su torso, altivo, orgulloso, desafiante, a pesar de su confusión, Picasso murmuró que la prefería con el collar al cuello, iluminando los arreboles de su piel, a la luz lechosa del atardecer. Picasso hizo sucesivos bocetos de varios detalles, antes de acometer su figura de medio cuerpo, desnuda. La nuca, ligerísimamente inclinada, hacía más pura la línea que se perdía con un gesto en el horizonte de sus hombros, firmes y alados. Los contornos frutales de sus pechos poseían una gracia carnal, inmaculada; mientras se dibujaba una burla imperceptible en la crueldad gratuita con que Picasso se detenía en un ligerísimo defecto de sus dientes, subrayado con el mismo trazo juguetón con que había dado brillo a unas perlas convertidas en motivo floral de una virgen coronada con pétalos de jazmín. Burlón y satisfecho, Picasso le enseñó a Celia el último de sus bocetos, desinteresado por las carnes desnudas de su modelo, confiándole, unos instantes, el espejo deformado de la imagen que debía inmortalizarla. Celia reconoció su regazo en unas líneas cuya límpida trama poseía una sencillez olímpica que no era suya, si no celeste: contemplando su talle, Picasso trazaba líneas purísimas que parecían aproximarse a los primeros movimientos de la vida, alzándose, virginal, hasta poner en pie la figura entera de un alma humana. Pero la sinceridad cruel con que había dejado implacable huella de un defecto, en su dentadura, también revelaba un poder maléfico de destrucción y profanación de las almas desterradas del paraíso. Aquel hombre jugaba con el misterio de la creación, y podía profanar la imagen de un crucificado que se entrega en sacrificio. Horrorizada, ante la indiferencia feroz con que Picasso había mancillado su rostro, con una burla inocente, semidesnuda, todavía, Celia cogió y rompió en muchos pedazos aquel trozo de papel, para intentar destruir, con sus manos, cualquier rastro del hechizo consumado contra su espíritu.</span></p>
<p class="MsoNormal"><span> </span></p>
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		<title>Desafortunado encuentro de CJC y Cortazar</title>
		<link>http://biocjc.wordpress.com/2007/07/15/desafortunado-encuentro-de-cjc-y-cortazar/</link>
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		<pubDate>Sun, 15 Jul 2007 18:31:28 +0000</pubDate>
		<dc:creator>biocjc</dc:creator>
		
		<category><![CDATA[Uncategorized]]></category>

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		<description><![CDATA[CJC y Julio Cortazar se cruzaron durante un cóctel literario, en Gallimard, con motivo de la presentación de la traducción francesa de La almadraba / La colmena, publicada en la legendaria colección que introdujo a Borges en París.


Sin embargo, en la cúspide de su fama, mi CJC consideraba a Cortazar un rival temible, caída mi [...]]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<div class='snap_preview'><br /><p class="MsoNormal"><span>CJC y Julio Cortazar se cruzaron durante un cóctel literario, en Gallimard, con motivo de la presentación de la traducción francesa de La almadraba / La colmena, publicada en la legendaria colección que introdujo a Borges en París.</span></p>
<p class="MsoNormal"><span id="more-56"></span><span><br />
</span></p>
<p class="MsoNormal"><span>Sin embargo, en la cúspide de su fama, mi CJC consideraba a Cortazar un rival temible, caída mi heroína en el torbellino de las pasiones cainitas. Este es último recuerdo de un desafortunado encuentro, en el capítulo…</span></p>
<p class="MsoNormal"><span> </span></p>
<p class="MsoNormal"><strong><span>150</span></strong></p>
<p class="MsoNormal"><span> </span></p>
<p class="MsoNormal"><span>En la cúspide de la fama, reconocida y estudiada su obra en las grandes universidades americanas, citada en ocasiones como candidata presumida al premio Nóbel, vilipendiada en su patria (donde muchos de los honores recibidos reposaban en un penoso malentendido: eran los aplausos desalmados de una plebe que solo admiraba y reía las gracias hampescas de su talento histriónico, desconociendo e ignorando la naturaleza genuina de su obra), repudiada por la gran mayoría de los escritores más jóvenes, que sólo veían en ella un ser descomunal, pantagruélico, temido, odiado, envidiado, cuya gloria luciferina se había forjado en los herrumbrosos años de hierro de la dictadura, Celia se sabía dueña y señora de inmensos territorios inmateriales, repoblados con sus patibularios seres de ilusión, entre quienes había muchos parricidas, locos, asesinos, enfermos incurables, bobos de misericordia, apaleados y muertos de hambre; aunque sus toreros fracasados, sus verdugos, sus niños tísicos y sus putas de rastrojo no colmaban todas sus insatisfechas ansias de amor. Ni la gula, ni los escarceos sin mañana de algunos viajes, ni un matrimonio finalmente aborrecido, habían podido aliviar la fiebre de una sangre ardiente, corriendo por las tuberías de un cuerpo averiado por la obesidad, capaz de abandonarse a ciertas locuras domésticas, para intentar satisfacer algunos vicios que habían terminado por conducirla hasta una tierra de nadie, donde merodeaban peligrosas alimañas.</span></p>
<p class="MsoNormal"><span> </span></p>
<p class="MsoNormal"><span>Corrieron muchos rumores sobre los apetitos más íntimos de Celia. Y Ramón Picazo quizá aludía con inquietud a esa parte todavía desconocida de la vida de su esposa. Pero la obesidad de la académica ilustre daba un matiz grotesco a todas las historias que podían imaginarse sobre su presumida furia sexual. Su barriga se había inflado como una vejiga enorme, que ocultaba por completo la rala mata de pelo de sus partes pudendas y aun le colgaba hasta los muslos. Sus pechos estirados como ubres de una vaca mal alimentada le colgaban sobre el vientre deforme, obligándola a caminar con una lentitud de plantígrado herido y sin rumbo. Denegridos los labios y los dientes, a consecuencia del tabaco y una higiene muy sumaria, su rostro de piel pajiza podía recordar, cuando reía, con carcajadas de bruja, a la Montiela del <em>Diálogo de los perros</em>, capaz de convertir a los niños en canes abandonados a su triste suerte de animales ventrílocuos, sin amo ni conciencia. Solo en sus ojos brillaba la luz de un faro perdido entre dos brumosas cuencas agrietadas, intentando iluminar el rumbo perdido de la vida de aquella mujer, cuya alma sufría y se debatía contra las garras de sus demonios, extraviada en un cuerpo que se había convertido en un infierno en vida, víctima de sus apetitos desordenados. En pie, apenas podía caminar unos minutos, aquejada de un cansancio enfermizo. Sentada, le dolían todos los huesos de su espalda maltrecha. Acostada, durante el día, contemplaba con pavor el paso de las horas; y, durante la noche, el insomnio la perseguía con pesadillas infinitas.</span></p>
<p class="MsoNormal"><span> </span></p>
<p class="MsoNormal"><span>Su hija no podía socorrer las tribulaciones de su corazón. Y sospechaba que su esposo solo deseaba atormentarla. Gracias a Celeste Elicia, cada una de sus palabras encontraba comprador en muy distintos mercados. Extinto el fuego fatuo con el que se lanzó, con mucho éxito, <em>Oficio de difuntos</em>, la redacción de <em>Mientras agonizo (2)</em> se vería perturbada<span>  </span>por el atractivo saturnal que los escándalos pasados, presentes y venideros tendrían para el mundillo carnívoro de las revistas del corazón. Sus médicos le aconsejaron una dieta más equilibrada, alguna forma de ejercicio físico, y, sobre todo, caminar, evitar, por cualquier medio, una reclusión que era una tumba. Cuando ya solo le serían inútiles y perniciosos, Celia descubrió los discretos encantos de la vida de sociedad. Atado con una cuerda muy corta, Ramón volvió a servirle de lazarillo en cenas y fiestas donde Celia aceptaba presentarse como invitada de honor, aquejada con mucha coquetería de infinitas dolencias; imponiendo a sus anfitriones la disciplina de su régimen, muy estricto, suavizado con la obligada maledicencia contra sus infinitos adversarios. En aquellos ágapes nocturnos, entre gentes de dinero recientísimo, era de buen tono lucir joyas de brillo chillón, y aplaudir con risotadas las ocurrencias con las que Celia gustaba ajusticiar de manera muy sumaria a sus rivales, diciendo que Cortazar o Juan Benet eran muy aburridos; cuando no contaba obscenidades de muladar sobre figurones públicos a la moda.</span></p>
<p class="MsoNormal"><span> </span></p>
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		<title>Desfloración de Celia jr.</title>
		<link>http://biocjc.wordpress.com/2007/06/10/desfloracion-de-celia-jr/</link>
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		<pubDate>Sun, 10 Jun 2007 13:48:09 +0000</pubDate>
		<dc:creator>biocjc</dc:creator>
		
		<category><![CDATA[Uncategorized]]></category>

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		<description><![CDATA[Las relaciones de mi CJC con las artes y literaturas de vanguardia es evocada es varios capítulos, 130, 131, 141, 143, 144, 145, 146 y 149, entre otros. En su historia tienen particular importancia las relaciones amistosas de su hija, Celia jr., como jóvenes artistas que ejercieron cierta influencia, de Guillermo Pérez Villalta a Ignacio [...]]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<div class='snap_preview'><br /><p class="MsoNormal"><span>Las relaciones de mi CJC con las artes y literaturas de vanguardia es evocada es varios capítulos, 130, 131, 141, 143, 144, 145, 146 y 149, entre otros. En su historia tienen particular importancia las relaciones amistosas de su hija, Celia jr., como jóvenes artistas que ejercieron cierta influencia, de Guillermo Pérez Villalta a Ignacio Gómez de Liaño, de Javier Ruiz a Isidoro Municio. La desfloración de Celia jr. precipitaría luctuosos acontecimientos…</span></p>
<p class="MsoNormal"><span> </span><span id="more-55"></span></p>
<p class="MsoNormal"><span>145</span></p>
<p class="MsoNormal"><span> </span></p>
<p class="MsoNormal"><span>La noche de la desfloración de Celia jr. tuvo una efímera gloria, porque alguien la filmó a sus espaldas y presentó la película en unas jornadas de cine experimental con la que debían concluir los Encuentros de Poncia, donde causó gran sensación y fue motivo de mucho escarnio; ya que los espectadores rompieron en risas y carcajadas, con gran ludibrio, a los pocos minutos del principio de la proyección, ante unas escenas de purísimo gozo, robadas a sus protagonistas sin otro propósito que la deshonra y la humillación, vendidas al mejor postor en una antigua iglesia convertida en improvisado mercadillo de estampas, ídolos y figurillas.</span></p>
<p class="MsoNormal"><span> </span></p>
<p class="MsoNormal"><span>Presentadas con el título de <em>Ceremonia secreta</em>, las imágenes del vídeo eran de muy mala calidad, pero una voz en <em>off</em> las precedía parodiando la retórica de un entomólogo que decía comentar con fines pedagógicos el encuentro carnal de dos seres humanos, mal iluminados y privados de la palabra, cuyos actos más íntimos habían sido espiados con alevosía. Una vocecita reptante ilustraba el presunto documental clínico, simulando un irrisorio remedo de ciencia macarrónica. La película comenzaba con imágenes fijas, brevísimos retratos de los protagonistas, a quienes se hurtaba la personalidad, presentados con iniciales falsas, con el pretexto hipócrita de preservar su intimidad; cuando era una evidencia que las primeras secuencias, mostradas con formato de fichas policiales, tenían por objeto aventar la imagen de dos personajes bien conocidos en el mundillo muy estrecho del arte de vanguardia de aquella época, despellejados en carne viva, para alimentar con habladurías los apetitos insaciables de la jauría callejera.</span></p>
<p class="MsoNormal"><span> </span></p>
<p class="MsoNormal"><em><span>Ceremonia secreta</span></em><span> se abría con un primer plano de Celia jr., tomado de una imagen de fotomatón, con el pelo ligeramente desgreñado, el rostro palidísimo y los ojos saltones de los condenados sin juicio, aturdidos por un flash automático, ofreciendo unos instantes de sorpresa y estupor. Hasta que el fotograma siguiente, un primer plano de Isidoro Municio, mal afeitado, inmortalizado con un rostro deformado por una mala instantánea de ocasión, revelaba la naturaleza desalmada de la película, provocando las primeras risas soeces, cuando algunos espectadores reconocieron y dijeron en voz alta el nombre de los protagonistas, despertando una curiosidad enfermiza ante el espectáculo prometido, de muy zafia vileza; ya que la cámara, oculta, tras el espejo cóncavo de una habitación de hotel, solo podía captar, por momentos, fragmentos de cuerpos mal enfocados, entrando y saliendo del campo de un objetivo fijo sobre una cama deshecha.</span></p>
<p class="MsoNormal"><span> </span></p>
<p class="MsoNormal"><span>A pesar de la precariedad reptante de la filmación, el fotógrafo que había robado aquellas imágenes, con el auxilio de varios cómplices, solo perseguía instantes de cruda intimidad, con el único interés aparente de vender imágenes salaces, protagonizadas por personajes públicos, o presuntamente tales, espiados sus gestos con un ojo de pez que distorsionaba de manera grotesca sus proporciones, ocultando la misteriosa armonía de los cuerpos que se exploran, reconocen y gozan en la oscuridad iluminada por la ilusión.  El buscón de imágenes autor de aquella fechoría, vendida sin escrúpulos como vídeo experimental, se había contentado con filmar a sus espaldas, trocear y mutilar los cuerpos enlazados por el amor, con el propósito obsceno de hacer algún mísero comercio, manipulando la copulación maquinal de dos seres humanos convertidos en insectos.</span></p>
<p class="MsoNormal"><span> </span></p>
<p class="MsoNormal"><span>Entre los espectadores que asistieron a la primera proyección del vídeo de la desfloración de Celia jr. había algunos amigos y conocidos suyos, que contemplaron con asco tal espectáculo de violación colectiva, impotentes y amedrentados, ellos mismos, ante las risotadas, el hedor y la miseria de un público que devoraba con lubricidad la maldad gratuita de quienes orquestaron la puesta en escena de aquella crucifixión rosada, proclama publicitaria del mundo nuevo que llegaba, como una profecía, fatal.</span></p>
<p class="MsoNormal"><span> </span></p>
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		<title>JPQ versus CJC, con Nabokov al fondo</title>
		<link>http://biocjc.wordpress.com/2007/03/31/jpq-versus-cjc-con-nabokov-al-fondo/</link>
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		<pubDate>Sat, 31 Mar 2007 07:05:06 +0000</pubDate>
		<dc:creator>biocjc</dc:creator>
		
		<category><![CDATA[Uncategorized]]></category>

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		<description><![CDATA[Ángel García Galiano, crítico y novelista, estima que mi novela La locura de Lázaro es “un libro sorprendente” [ .. ] “un fresco impagable de la situación político-cultural española de entonces y de ahora, reconvertida en universo mítico” [ .. ] “una comedia bárbara solanesca, pero retocada con la fina mirada entomológica de un admirador [...]]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<div class='snap_preview'><br /><p class="MsoNormal"><a href="http://lenguajeliterario.blogspot.com/">Ángel García Galiano</a>, crítico y novelista, estima que mi novela <em>La locura de Lázaro</em> es “<em>un libro sorprendente</em>” [ .. ] “<em>un fresco impagable de la situación político-cultural española de entonces y de ahora, reconvertida en universo mítico</em>” [ .. ] “<em>una comedia bárbara solanesca, pero retocada con la fina mirada entomológica de un admirador de Nabokov</em>”. Uauuuuuuuuuu…</p>
<p class="MsoNormal"> <span id="more-54"></span></p>
<p class="MsoNormal"><strong>Revista de Libros</strong>, marzo 07, número 123.</p>
<p class="MsoNormal">&nbsp;</p>
<p class="MsoNormal"><strong>JPQ versus CJC</strong></p>
<p class="MsoNormal">&nbsp;</p>
<p class="MsoNormal"><em>Ángel García Galiano</em></p>
<p class="MsoNormal">&nbsp;</p>
<p class="MsoNormal">Juan Pedro Quiñonero, en adelante JPQ, ha escrito un sorprendente libro, La locura de Lázaro (Ed. Espuela de Plata, Sevilla), una<span>  </span>biografía no autorizada sobre Celia Jiruña Carón, en adelante CJC, a no confundir con el otro CJC, ya saben, don Camilo el del premio, como a sí mismo se comenzó a llamar en sus innumerables y verborreicos artículos desde el palomar de Hita a raíz de la sorprendente concesión del premio Nobel, no confundir tampoco este premio con la sucia jugarreta mercantil posterior que le acarreó el premio Planeta, verdadera cruz de san Andrés para CJC, cuya nauseabunda y acaso merecida retranca arrastró hasta la huesa, acusado de plagio <em>corpore insepulto</em>, ¡ay Carmiña!</p>
<p class="MsoNormal">&nbsp;</p>
<p class="MsoNormal">Sobre este último y luctuoso suceso (el plagio, no la defunción) no se ceba en exceso JPQ, aunque algo deja caer al respecto, de pasada, en las últimas páginas de esta, como digo, más que bizarra novela, o nivola. No es una hagiografía sobre CJC, pero no se llame a engaño el lector, tampoco es un libelo, o un mejor ajuste de cuentas, JPQ no es Umbral, Umbría en la ficción de este libro, quien ya en vida propinaba a “su maestro” las primeras tarascadas verbales. Hay mucho aquí de fascinación por la obra de este enorme personaje, y un cierto no sé si afecto, pero sí perplejidad<span>  </span>boquiabierta ante lo excesivo del mismo.</p>
<p class="MsoNormal">&nbsp;</p>
<p class="MsoNormal">Una biografía sui géneris, pasada por el espejo del Callejón del Gato, sobre nuestro último premio Nobel travestido de mamá grande de las letras hispanas (o cainitas, tal en la novela) de la posguerra, una comedia bárbara solanesca, pero retocada con la fina mirada entomológica de un admirador de Nabokov, una deuda de amistad para con su hijo, el único entre los protagonistas que sale bien parado en todo este carnaval esperpéntico de trileros, mentirosos, arribistas, obsesos, tragaldabas, cobardes y mezquinos comparsas de la abracadabrante y ubérrima personalidad de CJC, cuya tristeza infinita, miedo a la muerte, talento verbal, tragedia íntima y dizque innata, más su polifémica ambición, tejieron el tapiz valleinclanesco y procaz de su ascensión y caída, o viceversa. Además, esta novela, o lo que sea, es un fresco impagable de la situación político-cultural española de entonces y de ahora, reconvertida en universo mítico Caína, Región, el valle del Juzo, Poncia mezclando sin solución de continuidad nombres verdaderos con otros perfectamente reconocibles, homenajes, de pasada, a algunas personalidades literarias que se salvan de la quema (Delibes, Matute, Gómez de Liaño, Haro Ibars…), casi todos ellos caracterizados por vivir un exilio interior o exterior, ético, que les permitió evitar las salpicaduras mortales del veneno que emanaban las bichas literarias agarrapatadas en los predios del poder.</p>
<p class="MsoNormal">&nbsp;</p>
<p class="MsoNormal">Si el hijo de CJC convoca a la lástima y a una cierta dignidad herida y demente, al igual que el marido, un chirle de ocasión con quien mantuvo una apariencia de orden y un hijo durante décadas, auspiciado como único vínculo entre ambos un odio creciente, el nuevo marido de la doña, el segundo esposo, su viudo y testaferro, no sale muy bien parado de la farsa. Como tampoco un ministro de cultura, escritor galicano, que narra una y otra vez su supervivencia en los campos nazis y del que aquí se nos queda otra visión, nada amable, como comunista colaborador de sus carceleros en Buchenwald. ¿Ajuste de cuentas? Es en esas inquinas más personalizadas donde la novela deja de serlo y se enfanga, pierde un vuelo, surreal, nabokoviano, villaroélico, que, por cierto, casi siempre mantiene. JPQ, para trazar su tragedia bíblica del destierro, a la manera de Faulkner (según confesión propia) utiliza el envés, el lado oculto del tapiz, el negativo de CJC, y con él construye un “pálido fuego” hispano. Si el propio CJC se construyó, para medrar, un astracanoso personaje de sí mismo, JPQ utiliza aquel personaje ya construido y lo recrea hasta convertirlo en símbolo de la soledad ambiciosa y del talento hambriento. Nunca oculta su admiración por alguna de las obras del maestro y hasta por ese último canto del cisne que fue su testamento literario, <em>Madera de boj</em>, documento según nos advierte el autor íntimo, de su propio naufragio, muerto en vida, secuestrado por el esposo testaferro, que le programa la comida, las visitas, las salidas, los contratos… Una novela de aluvión, escrita contra la muerte en todos los sentidos, a propósito de la cual JPQ no se resiste a confesar que, entre el material de acarreo que le suministraban sus ayudantes, echaron mano también de prosas suyas.</p>
<p class="MsoNormal">&nbsp;</p>
<p class="MsoNormal">Esta sorprendente (dejémoslo así) novela hay escenas estrepitosas, de tintes quevedescos, episodios como el encuentro con Picasso, el desencuentro con Sender, la boda parisién, el cóctel en Gallimard para celebrar su traducción al francés, el preciso y triste Madrid de la primera posguerra en el que CJC, a lo que parece, ejercía de correveidile y censor, la metamorfosis monstruosa del personaje, su sexualidad enferma, están pergeñadas con prosa de acero. Lástima de algunas erratas, que desdicen de una edición muy cuidada en lo material. Atrévanse a leerlo, si en algo les interesa el personaje (ojo, el personaje CJC), y juzguen por ustedes mismos a este sembrador de vientos y ventosidades que, cosa tan patria, recolectó enseguida tempestades y barahúndas. <em>Sic transit</em>.</p>
<p class="MsoNormal">[ .. ]</p>
<p class="MsoNormal">Esta es mi visión personal de tales relaciones biográficas: <a href="http://biocjc.wordpress.com/2006/08/18/cjc-y-cjc-en-caina-y-la-historia-de-las-literaturas/">CJC y CJC, en Caína y la historia de las literaturas</a>.</p>
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		<title>Así llegó Lolita a la más poderosa de las grandes editoriales de Caína</title>
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		<pubDate>Sat, 10 Mar 2007 06:17:11 +0000</pubDate>
		<dc:creator>biocjc</dc:creator>
		
		<category><![CDATA[Uncategorized]]></category>

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			<content:encoded><![CDATA[<div class='snap_preview'><br /><p class="MsoNormal"><span><span>                                                                 </span>109</span></p>
<p class="MsoNormal"><span> </span></p>
<p class="MsoNormal"><span> </span></p>
<p class="MsoNormal"><span> </span></p>
<p class="MsoNormal"><span> </span></p>
<p class="MsoNormal"><span><span>            </span>Dolores del Bosque irrumpió en las vidas de Celia y Ramón como una avecilla de paso, una primavera, en los pasillos de <em>Azanca</em>. Su primer trabajo fue archivar diapositivas de mujeres desnudas, en las más variadas posiciones lúbricas, obscenas, utilizadas como carnaza fácil para la ilustración de muchos fascículos de la <em>Enciclopedia</em><em> del Buen Amor</em>. Allí donde una joven de otra sensibilidad se hubiera sentido vejada, Loli cumplía su tarea con una pulcritud entomológica y un rigor clínico que le permitía clasificar, con su nombre exacto, científico, o vulgar, las ilustraciones fotográficas, comerciales, de las más variadas posiciones, variantes, habitudes, vicios, manías y caprichos de la imaginación, o la carne alumbrada.</span></p>
<p class="MsoNormal"><span> </span></p>
<p class="MsoNormal"><span id="more-53"></span></p>
<p class="MsoNormal"><span>Tal sabiduría filológica llamó muy pronto la atención de Celia, que decidió utilizar a Dolores en otros menesteres más acordes con su formación y experiencias, que ya eran considerables, a pesar de su juventud. En Berkeley, tras un largo periplo iniciático en hoteles y moteles de carreteras secundarias, Loli había estudiado lengua, marketing y publicidad; y siguió durante dos semestres un curso de escritura creativa, antes de trabajar, como camarera, en una cadena de hamburgueserías, para pagarse tres años de estudio de idiomas, en Viena, París y Roma; donde se empleó como figuranta, en comedietas salaces y grandes coproducciones que consumían ingentes cantidades de señoritas disfrazadas de mártires cristianas prestas al sacrificio, en el circo, vírgenes muy ligeras de ropa, a pesar de la espiritualidad de su calvario, mortal y rosa.</span></p>
<p class="MsoNormal"><span> </span></p>
<p class="MsoNormal"><span><span>            </span>Ramón Picazo fue el primero en descubrir y saberse atraído por el perfume con el que Lo tocaba su diario y siempre distinto maquillaje (con la gracia furtiva de muchos insectos, flores y plantas aromáticas, que utilizan el olor como recurso de seducción sexual, en el que les va toda su amenazada existencia; ya que la transmisión de la vida y la supervivencia misma de su especie está supeditada a los movimientos reflejos de un tropismo de perfumería botánica). Y pronto se dejó arrastrar por su pasión de cazador furtivo, persiguiendo, sin mucho éxito, a las becarias, secretarias y trepadoras que pululaban por los pasillos de <em>Azanca</em>. El escándalo innecesario de sus escarceos con Guadalupe Larios alejó a otras posibles víctimas, que hubieran estado dispuestas a ceder, ocasionalmente, quizá, a las promesas del esposo de la patrona. La voz cantarina de Lo, ligeramente infantil, y su caminar felino, sin descomponer nunca su figura, hacían mucho más atractiva la persecución de una mariposa de alas tan iridiscentes, que siempre escapaba y se perdía entre las sombras de aquella oscura selva; para continuar acosando a sus víctimas desde las impenetrables tinieblas de su ausencia, a través de los invisibles lazos de la memoria olfativa de sus afeites y colonias, que Loli compraba en una cadena de productos de belleza, pero cambiaba, a diario, con un talento de perfumista que conoce los gustos más subidos de su clientela.</span></p>
<p class="MsoNormal"><span> </span></p>
<p class="MsoNormal"><span><span>            </span>El dilatamiento automático del iris de los ojos de Ramón, a la vista de las ajustadas camisitas de seda de Loli, o sus exiguas faldas de colores chillones, haciendo más presente la turgencia de sus muslos, lo convertían en una nueva víctima, infeliz, indefensa y obediente, corriendo detrás de una cervatilla que desaparecía en el bosque encantado de aquel infierno de oficinas superpuestas en forma de cubos simétricos, donde ella advertía que, en verdad, el triste caballero andante seducido por sus afeites apenas era un siervo más, en una corte donde solo había una abeja reina: Celia.</span></p>
<p class="MsoNormal"><span> </span></p>
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		<title>La ruptura de CJC y Sender, tras la aventura del prostíbulo sadomasoquista</title>
		<link>http://biocjc.wordpress.com/2007/01/16/la-ruptura-de-cjc-y-sender-tras-la-aventura-del-prostibulo-sadomasoquista/</link>
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		<pubDate>Tue, 16 Jan 2007 15:41:46 +0000</pubDate>
		<dc:creator>biocjc</dc:creator>
		
		<category><![CDATA[Uncategorized]]></category>

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Dos días después, en su casa de San Diego, tomando un aperitivo, antes de cenar, entre un escogidísimo grupito de amistades, Ramón Sender reía estrepitosamente, como un niño, escuchando a Celia contar con mucho detalle el incidente de su llegada triunfal a las dependencias del departamento de literatura contemporánea de la UCLA, en Westwood. Fatigada [...]]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<div class='snap_preview'><br /><p>115</p>
<p><span>Dos días después, en su casa de San Diego, tomando un aperitivo, antes de cenar, entre un escogidísimo grupito de amistades, Ramón Sender reía estrepitosamente, como un niño, escuchando a Celia contar con mucho detalle el incidente de su llegada triunfal a las dependencias del departamento de literatura contemporánea de la UCLA, en Westwood. Fatigada y ligeramente decepcionada por la acogida de sus conferencias, ante un público minúsculo, con un conocimiento muy dudoso de la lengua y los entresijos donde había florecido su obra, Celia se dejó llevar por su sentenciosa tentación de mofa y desprecio por cuanto desconocía; arremetiendo contra la demencial y espantosa trivialidad de los lugares y personajes que se veía obligada a frecuentar, sin entender que se esperaba de ella en unos seminarios apenas más grandes que el ascensor donde habían estado encerrados durante horas interminables…</span></p>
<p><span id="more-52"></span></p>
<p><span><span></span></span></p>
<p class="MsoNormal"><span> </span></p>
<p class="MsoNormal"><span>… Tal experiencia se convertía, para ella, en la metáfora ideal de una vida absurda, manicomial, dominada por automatismos sonámbulos y fatales. Mientras Celia describía, con cierta ternura irónica, el malestar de Darío Jiménez de Sandoval, sofocado, al borde de un ataque de asma, caído en el suelo como un enorme animal herido e indefenso, Sender la escuchaba complacido; pero le parecía muy fuera de lugar sacar consecuencias generales de un accidente tan trivial, donde él advertía una huella pasajera y palmaria del posible triunfo final de los hombres libres, allí donde Celia concluía en la evidencia del triunfo bien inmediato de las máquinas colonizando la tierra de los últimos hombres, convertidos en ratas.</span></p>
<p class="MsoNormal"><span> </span></p>
<p class="MsoNormal"><span><span>            </span>Los pocos invitados de aquella cena (el rector Pnin, Darío Jiménez de Sandoval, el profesor Claudio Pelegrín, que terminaba por entonces su célebre estudio sobre Luis Cernuda, Gloria Brennan, que preparaba un ensayo sobre la correspondencia amorosa de Pedro Salinas, y Lolita, hastiada, entre aquellos vejestorios; embriagada por la hierba que fumaba, ajena al rumor de vasos y pasos del que se había alejado, sin decir palabra, para instalarse en la terraza, sola, contemplando con los ojos en blanco la noche estrellada que caía sobre todos ellos), los allí reunidos, por azar, entre una colonia de expatriados muchísimo más vasta, comprendieron de inmediato la evidencia fatal de un choque de caracteres, que parecía preludiar la tormenta de lluvia y granizo que no tardaría en caer, al final de la cena, antes de los postres. Resbalando, involuntariamente, o dejándose llevar por el deseo irresistible de herir, a ciegas, sin prestar atención a la sensibilidad del resto de los invitados, Celia se dirigió a Sender confesándole que no podía entender como un hombre que había conocido, de primera mano, el desastre de Annual, y era el autor de la <em>Crónica</em><em> del alba</em>, podía acomodarse a vivir entre aquellos cementerios de automóviles, perdido en aquel desierto iluminado con luces de neón y carteles publicitarios, aceptada la paz letal de aquellas pesadillas de aire acondicionado&#8230; Sender fingió que daba un sorbito a su copa de vino, picando, indiferente, un trozo de fresa de la tarta congelada del postre que llegaba. Pero el silencio del resto de los comensales parecía subrayar la inminencia de su respuesta; que llegaría, con mucha calma y parsimonia, antes del pedrisco, los rayos y truenos con los que concluyó aquella velada fallida. Ante el mutismo inquieto del resto de los comensales, Sender no hablaba con nadie rememorando su infancia, su adolescencia y juventud gloriosas. Ni hacía reproches contra nadie recordando los sucesos y el fin de la familia Seisdedos. Solo había piedad repitiendo los nombres de los caídos, en Annual, en el frente de Madrid, en la Barcelona del 37, en la batalla del Ebro, en el campo de los almendros, durante la travesía de los Pirineos, en las desérticas playas de Collioure, Argelés y St. Ciprien. Hasta que terminaron por brillar los ojos del náufrago que llegaba, solo, proscrito, en la balsa de madera que terminaba por alcanzar las playas desérticas del sur de California.</span></p>
<p class="MsoNormal"><span> </span></p>
<p class="MsoNormal"><span><span>            </span>&#8230; Celia, concluyó Sender, iluminado por la cólera, era una hija de la gran puta, que no podía entender nada y debía marcharse, no volver a su casa, nunca, jamás. En pie, sin que el rector Pnin pudiera contenerlo, Sender gritaba como un poseso, asustando a las ratas que se apresuraban a huir de un barco que se hundía en el océano del tiempo, dejándolo solo, de nuevo, al timón de la nave de sus muertos, rumbo a la eterna oscuridad sin orillas.</span></p>
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