“Érase una vez, en un lugar de Caína, cuyo nombre recuerdo con pavor…”

March 2, 2006

¿Se hubiesen publicado Guerra y Paz, la Recherche o los libros de Joyce y Musil en un blog? The Waste Land o Campos de Castilla, sin duda. Cuestión de formato. Quizá los fragmentos de La colmena o las reflexiones líricas de Mrs. Caldwell se adapten mejor. ¿Cómo comenzar la verídica historia de CJC?..

Quizá por el principio: “.. erase una vez, en un lugar de Caína cuyo nombre recuerdo con pavor…

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Aquella noche del día de las ánimas llovía sin misericordia en todos los pueblos del valle del Juzo. Las nubes ululaban entre los relámpagos, y las ráfagas del cierzo azotaban las desérticas calles de Lemos, la mísera aldea deshabitada, desde la guerra civil, donde una madre agonizaba al traer al mundo a su única hija, Celia, rubita, diminuta y desamparada, cuyo llanto era el único motivo de esperanza para los allí reunidos, aguardando el oficio de difuntos con el que llegaría el alba.

Cosme Jiruña, el padre, viudo, tras el nacimiento fallido de la niña de sus ojos, se dirigió desconsolado hacia la única ventana de aquel lúgubre cuarto vacío, desde hacía una eternidad, para intentar ocultar sus lágrimas, fingiendo que contemplaba la impenetrable oscuridad por donde despuntaba la aurora. En la lejanía, los últimos relámpagos iluminaban la negrura del horizonte con un fulgor semejante al de los inquietantes ojos de peligrosas alimañas, acechantes en las afueras, esperando su hora, dispuestas a acabar con los supervivientes que hubieran podido escapar, con sacrificio, al campo de cruces profanadas del polvoriento cementerio de aquel inhóspito lugar.

Rémula, la comadrona, cogió a la niña entre sus brazos, para darle el calor que nunca podría ofrecerle su madre fallecida, pálida y ensangrentada, a la espera del certificado de defunción y el agua bendita que purificase sus huesos atormentados por el alumbramiento que, para ella, había concluido en el ataúd que la conduciría al camposanto donde ya reposaban todos sus antepasados, desde incontables generaciones. Pronto se confundiría su vida, ida, con las polvorientas sombras de sus bisabuelos, sus abuelos, sus padres, sus hermanos, enterrados, siempre, en aquella pedregosa tierra estéril, a la que ella volvería mañana, sin duda; tras haber hecho su inútil ofrenda carnal, concebida por azar y sin amor, con arrepentimiento y dolor.

Jacinta Carón, la hermana de la difunta, alta y seca, nervuda, se lavó las manos con unción antes de dirigirse a su cuñado, en silencio, cogiéndolo por el brazo, imperativa; esgrimiendo la misma poderosa autoridad inflexible y cruel con la que ya le había impuesto sus criterios, en muchas otras ocasiones, cuando los trabajos de un juez de primera instancia necesitaron de un interesado apoyo sostenido, hasta conferirle la ciega fe imprescindible de quienes tienen por oficio, odiado y mal pagado, conducir al garrote vil a las almas impías, cuyo descarrío sería un peligro nefando para los órdenes y principios que regían los destinos de aquellas tierras esquilmadas, desde tiempo inmemorial.

Soltera vieja, Jacinta Carón no poseía la gracia coqueta que había descarriado a su hermana y fue el motivo último de su perdición (obstinada, hasta la locura y el suicidio, deseando dar a luz en la aldea donde transcurrió parte de su primera infancia; el único y ya para siempre desértico lugar donde había creído ser feliz, el año antes de la guerra civil), pero conocía todas las debilidades de carácter de su familia, vegetando entre los ajados ecos de una gloria difunta, de la que ella era, al fin, la única heredera, sin posible descendencia.

Sin haberse abandonado, jamás, a los extravíos del amor y la esperanza, Jacinta poseía el nervio duro del boj, creciendo en tierra estéril; y conocía todos los pedregosos caminos que permiten dominar la voluntad de un hombre solo, frágil y quebradizo, doblegado sin honor ante la tiránica autoridad que reclama con urgencia y sin cesar, nunca, nuevas ejecuciones ejemplarizadoras, finalmente concedidas, con un gesto de amarga debilidad. Sin que su corazón de juez de instrucción sin experiencia, dócil a una autoridad muy superior a su modesto cargo administrativo, tuviera que purgarse por haber conseguido la condena al garrote vil de un parricida, un loco de atar o un bobo de misericordia, limpiando la ciudad de su familia política de ratas y alimañas infecciosas.

Liberado del calvario de un matrimonio fallido, Cosme Jiruña cayó en brazos de Jacinta, desconsolado e indefenso. Entre las dos hermanas Carón, el joven juez llegado de la capital se había dejado arrastrar por las tentaciones y la coquetería provinciana de la más joven y linda; pero la muerte prematura de tal objeto de volátil deseo venía a salvarlo de sus debilidades y promesas; para abandonarlo, como un pelele, caído en las garras en aquel sarmentoso espantapájaros de mujer, cuyo linaje había impuesto su ley en el valle del Juzo, durante siglos.

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8 Responses to ““Érase una vez, en un lugar de Caína, cuyo nombre recuerdo con pavor…””

  1. Dolors Says:

    Mare de Deu, Quiñonero, como empieza su historia: suena a 4a sinfo de M., pero en negro azabache,

    Suya, desde los tiempos dorados del primer Infierno,

    Dolors

  2. Dlainez Says:

    ¿Y como sigue esta historia?
    De nada,
    Dani


  3. […] Európolis. Tiranías amenazadas [ .. ] Cuando pienso en mi padre, en mi madre, y quiero creer que viven, a través de mi, me horroriza pensar que su memoria se recuerde en los papeles del Estado como “progenitor A” y “progenitor B”. Cuando mis hijos vuelven del cole y gritan “¡Hola, papá!” me dan una alegría íntima que no se si podrá reflejar el nuevo Libro de Familia del BOE, convirtiéndome en un anónimo Cónyuge A, propio de una novela de Terror de Estado. [ .. ] Biografía No autorizada de CJC. “Érase una vez, en un lugar de Caína, cuyo nombre recuerdo con pavor…” […]


  4. […] Biografía NO autorizada de CJC. “Érase una vez, en un lugar de Caína, cuyo nombre recuerdo con pavor..”. […]


  5. […] En su origen más reciente, la desertización de Caína comenzó creciendo en las ciudades despobladas por una guerra civil: “Érase una vez, en un lugar de Caína, cuyo nombre recuerdo con pavor..“. […]


  6. […] Siendo absoluta mi ignorancia sobre tales cuestiones, tengo tendencia a seguirlas con inquieto pavor infantil: siendo niño veía como los hombres compraban cuando podían el agua que no siempre se vendía en subasta pública, a unos precios que no siempre estaban al alcance de todos los bolsillos. Y guardo amargas imágenes tristes y sin esperanza de aquellas escenas. La lectura de Valle Inclán o Blasco Ibáñez quizá siga dando una idea muy gráfica de los estragos morales que comportan las guerras del agua, tan actuales. En definitiva, la desertización en curso, agravada por la guerras civiles ideológicas, quizá sea indisociable de la compra / venta de almas muertas. “En un lugar de Caína, cuyo nombre recuerdo con pavor..”. […]


  7. […] ● “Érase una vez, en un lugar de Caína cuyo nombre recuerdo con pavor…” […]


  8. […] ● Arquetipo de tierra endemoniada: la mísera aldea deshabitada, perdida en el valle del Juzo, donde comienza mi Biografía NO autorizada de CJC. […]


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