Heredera de un patrimonio dilapidado en el juego, la locura, el abandono y el fratricidio

March 8, 2006

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A solas, al fin, con su hermano político, Jacinta se lavó las manos con parsimonia, antes de proceder a recitarle el inventario de las razones que habían obligado a su hermana a preferir aquella casona abandonada, en una aldea desértica, al confort de la residencia familiar en Poncia; mientras caminaban por los pasillos y escaleras de tan inmensa morada vacía, abriendo y cerrando las puertas de habitaciones encantadas, con unos muebles cubiertos con el sudario del polvo ceniciento, esperando en vano a unos propietarios o visitantes ocasionales que no volverían nunca.

La casona de Lemos fue, durante siglos, la residencia principal de sucesivos linajes agostados por la falta de descendencia, los matrimonios estériles, los patrimonios dilapidados en el juego y el abandono, la locura, el parricidio, la podredumbre, las ruinas, las guerras fratricidas, las venganzas y otros muchos desastres; acrecentados por los Carón, prestos todos ellos a aportar su propio patrimonio de vilezas, traiciones, desdicha y destrucción, que la soberbia estéril de Jacinta gustaba evocar con cierto hipócrita orgullo de casta.

En definitiva, ella era la depositaria última de la tumefacta memoria de aquella herencia, que la muerte de su hermana los obligaba a compartir. Las leyes no escritas en el valle del Juzo ataban al esposo de la difunta a un patrimonio cuyo valor material era muy difícil e inútil intentar cuantificar (ya que nadie en su sano juicio desearía nunca instalarse en aquellos parajes, pedregosos para la labranza y muy alejados de todos los caminos que hubieran podido, en otro tiempo, conducir hasta los arrabales de la vida civilizada), pero cuyo valor espiritual, endemoniado, era fácil advertir en el miedo y el rencor con que los últimos lugareños escuchaban los hipócritas parabienes utilizados por Jacinta para saludarlos, mientras paseaban su solitario desconsuelo por las adustas calles donde transcurrió la infancia de la madre muerta.

Sin miedo a dejar sola a una niña, recién nacida, en su cuna de ocasión, a los pies de su madre difunta; y cumplida la visita al lar abandonado que ahora, con la muerte de su esposa, también era una parte de su alma, atormentada por el pesar y la incertidumbre, Cosme Jiruña fue invitado por su cuñada a recorrer los alrededores, dándose el brazo, como hermanos políticos que eran, y dueños de todos los títulos de propiedad de los sucesivos linajes que habían impuesto la tiranía de su ley en aquellos esquilmados parajes, generación tras generación. Las primeras luces del día clareaban en el horizonte. Y la triste pareja se cruzaba por las esquinas con algunas viejas que se persignaban de manera maquinal al reconocer a la mayor de las Carón, comprendiendo, horrorizadas, que su presencia, temida, desde antaño, como una maldición, era portadora de una infausta noticia.

La tormenta había causado muchos destrozos. Aquí unos árboles arrancados de cuajo. Allí unos tejados idos y volados, desencuadernando los muros de una sombría casuca abandonada. Los rarísimos transeúntes se transmitían, al oído, noticias sobre lo extendido y sombrío del desastre. Pronto hicieron Jacinta y Cosme el recorrido de aquel calvario sin posible resurrección. La única puerta de la iglesia de aquella aldeuca agostada definitivamente, desde la guerra civil, estaba cerrada, desde entonces, con un madero clavado entre sus batientes; para evitar el riesgo de una profanación, temible, entre unos feligreses cuya fe había padecido, desde tiempo inmemorial, las plagas nefandas de las malas cosechas y la crucifixión del odio.

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2 Responses to “Heredera de un patrimonio dilapidado en el juego, la locura, el abandono y el fratricidio”

  1. Dolors Says:

    Y, en el fondo oscuro de su relato, me gustaria pensar que hay alguna esperanza y salvación para sus personajes. Me tiene usted inquieta,

    Suya siempre,

    Dolors


  2. […] Európolis. Financial Times advierte que la subida de los tipos amenaza el “boom” inmobiliario [ .. ] A partir del caso de Ingrid Betancourt, secuestrada desde el 23 de febrero del 2002, Alba y Alberto Muñoz me invitan a descubrir “Cautiverio: rehenes en Colombia”, un documental de 56 minutos, dando testimonio del martirio de las familias con padres, madres, hijos, abuelos, secuestrados por bandas terroristas, en Colombia, sin que el Estado o los criminales pongan fin a ese interminable Calvario atroz. Intentan propagar la difusión de su obra a través de Internet: la vida humana convertida en spam, a la espera que anónimos lectores lean algún mensaje y alguien escuche su tormento de almas en pena, perdidas en el Infierno de nuestra indiferencia. [ .. ] Biografía NO autorizada de CJC. Heredera de un patrimonio dilapidado en el juego, la locura, el abandono y el fratricidio […]


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