Primera noticia del nacimiento de Celia

March 8, 2006

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La noticia del nacimiento de Celia corrió muy pronto de boca en boca por aquellos parajes. Despachada a Poncia, la mesetaria ciudad que había sido, durante tanto tiempo, el feudo secular de los Carón, Rémula fue la primera en propagar los detalles de aquella noche de ánimas en pena, perseguidas por una tormenta que se había cobrado muchas otras víctimas indefensas, en todas las pedanías próximas; como si la difunta madre se llevase con ella una barca de cadáveres, para no tomar sola el oscuro río de aguas heladas que debía conducirla hasta el infierno.

 

A la entrada de la desierta iglesia donde debía comunicar la noticia del fallecimiento, pidiendo hora para un funeral, Rémula fue asaltada por una cuadrilla de beatas que propagarían con aspavientos la noticia esperada, dispersándose como una banda de negras aves de mal agüero, llevándose en su pico la mala nueva que era urgente propalar; porque el infortunio nunca llega solo, y cada cual encontraría cumplida una oscura parte de su odio y maldiciones contra el todavía cercano y ya truncado matrimonio, entre la última de los Carón y el joven juez llegado de la capital para imponer la ley, cuyo garrote inspiraba tanto pavor como los fusilamientos sumarísimos que siguieron a la guerra civil.

 

En el lóbrego hospital donde ella misma se había educada, Rémula dio los primeros detalles de la agonía y el fin de la muerta que se le fue de las manos, víctima de un gesto irresponsable, a ciegas (ella misma no había llegado a advertir el instante exacto en el que la vida había huido, despavorida, del cuerpo tumefacto de la madre, abandonando a su incierta suerte el diminuto ser desamparado que llegaba y ella había sido la primera en tener entre sus brazos), corriendo tras su triste fortuna, todavía envuelta en el sudario ensangrentado de su maternidad. Obedeciendo a un misterioso tropismo, la difunta había deseado dar a luz en la antigua casa donde, siendo niña, llegó a ver reunidos a sus mayores, en algunas contadas ocasiones, y, con el tiempo, terminó por convertirse en una lóbrega morada sin confort, apenas habitada por sombras fratricidas.

 

Ya que nadie en el valle del Juzo desconocía la maldición que perseguía a la casona de los Carón, en Lemos. Aquellos parajes habían sido el escenario de dolorosos duelos que culminaron, durante la guerra civil, con las espantosas venganzas que vaciaron la aldea de hombres jóvenes, convirtiendo aquel lugar en un campo de cruces donde nunca podrían encontrar reposo ni los vivos ni los muertos.

 

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