Semillas de una maldición

March 9, 2006

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Dueños y señores de las mejores si no de las únicas tierras fértiles de aquellos parajes (cuya proximidad a la cuenca del Juzo ofreció a sus dueños, en otro tiempo, una cierta riqueza material, cuando algunos poetas renacentistas llegaron a cantar las ninfas del río; mucho antes que su menguado caudal se transformase en una amenaza torrencial, los años de lluvia, quizá más temible y peligrosa que el cauce seco, arenoso y árido de los años de sequía), los Carón siempre habían pagado las rentas y deudas debidas a los genios de lugar con el sacrificio vano de la vida de sus hijos.

Cosme Jiruña había conocido a la familia de su difunta esposa unida y recogida ante las cenizas de la guerra civil, fingiendo la continuidad secular de sus hábitos acomodaticios y apenas alterados durante los años del largo y penoso conflicto cainita. La furia con que el patriarca, don Justo, conminaba al silencio a sus dos únicas hijas, enfrascadas, en ocasiones, en fútiles y penosas diatribas, de apariencia superficial, hubiera podido advertir al joven juez de la insondable profundidad de una ciega locura ancestral, inflamando, para su perdición, los ojos y el corazón del anciano que, finalmente, pronto se quedó clavado en una silla, tieso, como una estaca, empalado, la cabeza caída, como un muñeco desnucado, víctima de un ataque de apoplejía.

Doña Martirio apenas sobrevivió nueve días a su esposo. Mustia planta de interior, seca y sin raíces, asfixiándose en la solitaria campana de cristal donde su sordera la había aislado del mundo, atada a la vida por los cilicios y la cuerda de penitente de su vida marital, cuyos únicos frutos deseados, Ernesto y Pablo Carón, sus dos primeros hijos, se mataron el uno al otro, a estacazos, a las puertas de la iglesia catedral de Poncia, a los pocos meses del estallido de la guerra civil, porque ambos se acusaban mutuamente de la ruina de la familia, el descarrío del pueblo y el desmembramiento de la patria.

Cosme Jiruña había conocido por su esposa algunas de las circunstancias más superficiales de aquella espantosa tragedia. Y huyendo, despavorido, él mismo, de una ciudad capitalina, último vástago de otra familia diezmada por la guerra, había comprendido la voluntad postrera de la madre de su hija, recién nacida, y ya huérfana. El deseo de traerla al mundo en la aldea y la casa donde habían transcurrido los días más felices de su infancia; para dar al fruto de sus entrañas la única luz que, por momentos, llegó a calentar con una débil llama su joven, cansado, frágil y quebradizo corazón.

La claridad de la mañana vestía todas las cosas con la límpida luminosidad que sigue a las noches de tormenta, por aquellas tierras, aguardando el cumplimiento fatal de las leyes que rigen el destino de los humanos, condenados a dar sepultura a los seres que pudieron amar y los atan, ya para siempre, a los torcidos frutos de quienes, con la vida, transmiten las semillas de una maldición. Cosme Jiruña se preguntó, horrorizado, que sería de su hija. A sabiendas de cuan frágil era la voluntad incierta de aquel hombre, Jacinta lo abrazó con su plumaje de negras vestiduras disciplinarias, osando un impúdico beso en el cuello, para intentar calmar su ansiedad, insinuando el deber de la oscura complicidad que deberían compartir, si deseaban dar a Celia Jiruña Carón la educación y el destino a ella debidos.

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One Response to “Semillas de una maldición”

  1. Dolors Says:

    Cuales son las raíces de tal infierno?
    Quevedo?..

    Suya, Dolors


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