Deseos incumplidos e inconfesables

March 11, 2006

5

Las honras fúnebres de la más joven de los Carón volvieron a sellar la vieja alianza que unía su linaje con las oscuras fuerzas que habían llegado a confundirse con la historia de Poncia..

..y vegetaban ocultas entre las paredes de una vieja casona familiar; semejantes a un boscaje de plantas parásitas de huero ornamento, musgo, líquenes, helechos, enredaderas, muérdago, tizón, hiedra, trepando desde los cimientos de los antiguos y nobles edificios de la ciudad, hasta cubrirlos con su verdoso manto, vivo, en engañosa apariencia; bajo cuyas máscaras reptaban sus tallos delgados, largos y volubles, sus raicillas tentaculares, sus hojas coriáceas, su enquistada podredumbre, adueñándose de los muros carcomidos y ya para siempre cubiertos de una baldía vegetación carnívora, convirtiendo la vieja arquitectura del lugar en una sombría morada de sonámbulos seres estériles.

Fingiendo respetar la voluntad de su difunta hermana, Jacinta ordenó instalar el féretro y la capilla ardiente en la antigua casa familiar, donde ella recibiría el pésame de autoridades y hombres de influencia, obligados a cumplir un rito debido al poder e infortunio de un apellido que todavía poseía, a pesar de los desastres ocurridos, siquiera la patina de su ajado esplendor, imponiendo mucho miedo y respeto; porque las rentas de aquella familia, camino de su inexorable extinción, ya no eran lo que fueron, pero permanecía intacta el aura cenicienta de su leyenda, temida como un conjuro.

Cosme Jiruña no supo si no plegarse a la férrea autoridad estricta de la hermana de su difunta esposa; y apenas llegaba a comportarse como un mueble vacío, instalado en el rincón donde Jacinta orquestaba las ceremonias que ella gustaba prolongar, con cierto boato lúgubre, para recordar a aquella sociedad provinciana quien heredaba y asumía, en verdad, la autoridad de un apellido. Cuando, al fin, fue necesario tomar el obligado camino del cementerio, donde aguardaba una tumba abierta, Jacinta abría la comitiva, de riguroso luto, con sombrero de fieltro emplumado y velo de seda, cubriendo su rostro adusto. Erguida, tiesa, hierática, su huesudo brazo izquierdo era el único sostén de su cuñado, obligado a seguirla, semejante a un pelele con figura de viudo desconsolado y roto.

A lo largo del tortuoso e interminable trayecto impuesto por Jacinta, para que la comitiva fúnebre pudiera demorarse, sin premura, a lo largo de un calvario de ostentación, paseando su enlutado cortejo por delante de todos los lugares emblemáticos de la ciudad, aquella imagen de un viudo prematuro y abatido, y una soltera vieja, pero soberbia, asumiendo el puesto de cabeza de familia, al frente de su lúgubre séquito, comenzó a desvelar la evidencia de unos lazos indisolubles entre aquellos dos seres lacerados por la vida, accidentalmente separados por el amor, pero muy unidos, al fin, de manera mucho más honda e inextricable, por un ataúd, el luto y la muerte.

Ante la tumba donde se pronunció el último responso por la difunta, Cosme Jiruña volvió a dar muestras de una fidelidad sonámbula e involuntaria, una falta de carácter, que conferían a Jacinta la férrea autoridad de un papel maternal que asumía gustosa y triunfante. En vida, la gracia y coquetería de su hermana pudieron escandilar y robarle el único hombre que, forastero, y desconociendo las oscuras historias que se contaban sobre su familia, se atrevió a cortejarlas, por interés, inclinándose por la más joven, que le pareció un partido mucho más atractivo; enterrando para siempre las esperanzas de la hermana mayor, soltera vieja y sarmentosa, consumida en la orgullosa soledad que ningún hombre se atrevió nunca a hollar con una mirada de ternura o un deseo carnal. Con los pies bien hundidos en la tierra a la que su hermana regresaba para siempre, Jacinta podía sentir como volvían a florecer, de confusa manera, en los confines más oscuros e impenetrables de las entrañas de su cuerpo estéril, las nervudas raíces tanto tiempo asfixiadas en una tierra seca, sembrada de abrojos y maleza.

Concluida la ceremonia fúnebre, recibidas las últimas condolencias, Jacinta metió a Cosme Jiruña en el automóvil de alquiler que debía alejarlos sin demora de la tumba donde se habían despedido para siempre de un ser querido, cuya muerte trabaría entre ellos algo mucho más oscuro que la educación y el cuidado de una niña recién nacida, Celia Jiruña Carón. Mientras Cosme cerraba los ojos, para intentar recogerse, unos instantes, siquiera, en la frágil intimidad de un taxi, Jacinta apretó y besó sus manos frías con la húmeda caricia de un deseo incumplido e inconfesable.

Advertisements

2 Responses to “Deseos incumplidos e inconfesables”

  1. Fernando Says:

    Oye, y esa Poncia, ¿porqué parte de Spain pudiera caer???

    De nadas,

    Fernando

  2. jpquino Says:

    Mi Poncia tiene algo lejano que ver con la Región de Juan Benet, aunque quizá sea algo más mesetario – azoriniana: algunas descripciones viene directamente de Azorín..

    Q.-


Leave a Reply

Fill in your details below or click an icon to log in:

WordPress.com Logo

You are commenting using your WordPress.com account. Log Out / Change )

Twitter picture

You are commenting using your Twitter account. Log Out / Change )

Facebook photo

You are commenting using your Facebook account. Log Out / Change )

Google+ photo

You are commenting using your Google+ account. Log Out / Change )

Connecting to %s

%d bloggers like this: