Sobre gustos muy refinados

March 14, 2006

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Sin experiencia en el comercio de los cuerpos y el deseo (que, para ella, se habían confundido, desde la adolescencia, con un pedregoso calvario solitario), Jacinta Carón podía enorgullecerse de conocer todos los resortes y debilidades de la vanidad, el poder y la codicia…

… Al mismo tiempo, sin hacerse ilusiones sobre el brillo de los ojos de Cosme, en ocasiones, al final de una cena, se sabía poseedora de las llaves que abrían las herrumbrosas puertas por donde un hombre, dispuesto a forzar su frigidez, hubiera podido introducirse en los sarmentosos laberintos de su cuerpo que conducían hasta los espinos que guardaban un macilento tesoro de ávida voluptuosidad solitaria, esperando el castigo que podía darle algún placer.

Espoleado por unas copitas de licor, que Jacinta le servía con parsimonia, preguntándose cuanto tiempo debería prolongar su espera, Cosme terminó por ceder, mecánicamente, al imperio de una trampa tendida con artificio. Y aquel miércoles de ceniza, tras un carnaval que Jacinta había utilizado como pretexto para dar unos días de libranza a quienes la servían, Cosme osó una mentira piadosa, en forma de inútil confesión: ahora comprendía que la amaba y siempre había sido suyo… perjurio estéril, aceptado como prueba de rendimiento definitivo, ya que su hermana política no podía creer en la tardía contrición del hombre que, ella bien lo sabía, siempre había despreciado su cuerpo (el mismo, aunque mucho más mustio, que hubiera podido ofrecerle, en otro tiempo, para intentar distraerlo de las gracias y coquetería de su difunta hermana, sin otra contrapartida que una limosna carnal), y pretendía arrepentirse, tras descubrir la inmensidad de su error; aunque estaba dispuesta a aceptar la sumisión que, sin darle el placer, anhelado y fugitivo, sí prometía alguna esperanza a los caprichos de su crueldad.

Sin atreverse a imaginar que violencias hubieran podido satisfacer o dar placer a Jacinta (sintiéndose incapaz de cumplir, quizá, el trabajo de un mozo de cuerda, ducho en el manejo de la brutalidad y los utensilios de las cuadras y las casas del más bajo lenocinio), Cosme había intentado suplir con llorosa hipocresía la única decisión que hubiera podido modificar su condición de esclavo en busca de amo. Resignada a la infelicidad, desde hacía mucho tiempo, Jacinta aceptó aquella entrega que no colmaba sus anhelos íntimos pero le permitía vengarse de quien había despreciado su cuerpo, marchito, y era tan necio que ni siquiera sabia adivinar y cumplir sus gustos más refinados.

Ambos fingieron aceptar el desencanto con cierta dignidad resignada. Entre la más selecta sociedad provinciana, podía parecer verosímil que los cuidados y atenciones debidas a una niña tan frágil y linda como Celia terminaran aproximando a un padre sumido en la melancolía de la viudez prematura y a una tía soltera vieja, cuyo rigor estricto y severo bien cuadraba con el porte adusto de una madrastra. La cuaresma era un tiempo propicio al anuncio de un compromiso sin alborozo, para dejar que el próximo matrimonio de interés, llegada su hora, fuese percibido como el desenlace final de una historia comenzada, mucho tiempo atrás; antes, incluso, como terminó sospechándose, que el lecho de muerte donde nació Celia hubiese ofrecido a los futuros contrayentes el sudario y los palmos de crujiente madera de un tálamo de ocasión.

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