Juguetes rotos, muñecas abandonadas

March 17, 2006

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Celia no asistió al matrimonio de su padre y su tía; ya que su cortísima edad, y su fragilidad enfermiza, ante los rigores de la primavera, en la meseta de Poncia, tan próxima a las terribles inclemencias del valle del Juzo, ofrecieron a su madrastra el pretexto ideal para mantenerla alejada de las ceremonias y fiestas que siguieron y celebraron, dentro de los límites del obligado decoro, la gloria final y provinciana de la primogénita de los Carón (de quien, desde hacía mucho tiempo, se había temido la fatalidad de una soltería estéril y sin descendencia)…

 

… dando un nuevo brillo inesperado al apellido del linaje familiar, asociado, ahora, al de los Jiruña, mucho más oscuro, pero cuya toga, reciente, comenzaba a cobrar el lustre propio de la administración de justicia durante una interminable posguerra vengativa, hambrienta y feroz. A falta de amor, Celia comenzaría a crecer rodeada de mimos, cuidados, regalos, trajecitos y cintajos de colores, que no suplían el calor de una madre, pero educaban su gusto, muy temprano, por los juegos de títeres y marionetas, que ella siempre confundiría con los seres humanos.

 

En la inmensa habitación de Celia se acumulaban las muñecas de todos los tamaños, las colecciones de vestiditos para seres de ilusión, las figuras y animales de trapo de infinitos colores, los caballos de cartón a la eterna espera de un jinete que no llegaba nunca y debía conducirlos hasta algún lugar imaginario. Mientras no tuvo edad para ir a ningún colegio, las horas y los días transcurrían, interminables, intentando hacer hablar a las marionetas de su teatro de juguete, que solo cobraban un rostro humano cuando llegaban las sombras de la tarde, anunciando otra interminable noche rodeada de aquellos seres cuya fisonomía se animaba de risas burlonas y gestos amenazantes, proclamando la evidencia del mal y la locura; acechantes, desde una realidad invisible, merodeando, por los laberintos de la oscuridad que se aproximaba, fatal, y sin fin. Celia suplicaba la presencia de un adulto, para poder dormir. Pero las ineludibles obligaciones de su padre lo retenían hasta muy tarde en su despacho. Y su madrastra no deseaba ceder a los caprichos infantiles. Cuando comenzó a ser conducida al único colegio donde podía ser educada una niña de su condición, en Poncia, aquella habitación de incontables juguetes rotos y muñecas abandonadas se convirtió en el refugio del que hablaba, a hurtadillas, a algunas de sus condiscípulas, a quienes se atrevía a confesar las mentiras infantiles con las que fabulaba una vida menos triste y solitaria.

 

Con algunos motivos muy especiales, una fiesta, un aniversario, una fecha escogida, algunas celebraciones religiosas o escolares, Celia poda invitar a sus amiguitas del colegio, que llegaban, puntuales y endomingadas, acompañadas de sus madres, intimidadas, por ser recibidas en casa de los Carón, deslumbradas por aquellas fabulosas colecciones de títeres y muñecas, que tenían, todas, un nombre propio y una historia. Celia hacía las presentaciones de rigor entre las marionetas del guiñol (donde ella había comenzado a construir un mundo propio) y sus maravilladas condiscípulas, conscientes del honor de poder entrar e intimar con los personajes de un universo del que habían tenido el eco de alguna lejana noticia; pero al que, en definitiva, solo podían acceder algunas privilegiadas, quienes, faltas de cariño materno, o perseguidas por misteriosas furias, debían construir, con sus cintas de colores, sus títeres de cachiporra y sus muñecas de cartón, el mundo nuevo, brillante y jubiloso que no les había sido dado conocer cuando el azar las abandonó en la puerta de una casa desafortunada, el día doloroso que llegaron al mundo.

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One Response to “Juguetes rotos, muñecas abandonadas”


  1. […] Achille Mbembe: “Escritores y pensadores en lengua francesa están cada día más aislados en la escena internacional, si no son traducidos al inglés”. Alain Mabanckou: “Debemos considerar a Francia como un miembro más de la francofonía, pero no como un centro de toma de decisiones”. Hamid Skif: “La francofonía está aquejada de reumatismo articular agudo”. Emmanuel Dongala: “El verdadero peligro que aqueja a la francofonía es el espíritu mezquino de los editores franceses”. [ .. ] Las lenguas más habladas del mundo, hoy y mañana [ .. ] Juan Varela: “El marketing no es buen editor” [ .. ] Biografía NO autorizada de CJC. Juguetes rotos, muñecas abandonadas […]


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