Tráficos infames y nefandos

March 26, 2006

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Por aquel tiempo, Celia ya se sabía para
siempre sola y sin socorro; y había comenzado a imaginar y coquetear con
algunas de las tentaciones que tanto ruido y escándalo causarían aquella
primavera.

Inútiles las cartas dirigidas a su padre,
intentando inspirar alguna forma de compasión, Celia echó las redes de sus
artes de fabulación por las insondables aguas donde se asfixiaban sus
condiscípulas más débiles y abandonadas; descubriendo, por vez primera, la
temible eficacia de su cambiante voz de sirena, o gorgona, ganando las almas
cuya sumisión le confería la temible influencia que pronto la convirtió en una esfinge
respetada y temida, en el refectorio, en los dormitorios, en los interminables
pasillos por donde se cuchicheaban y transmitían los rumores que eran el pan
envenenado de la vida diaria. Pronto comenzó a sospecharse que sus palabras
podían transformar en un demonio de atrevimiento a una niña callada y tímida,
como Gloria Sarmiento; y daban a Severina del Río, alta, pálida y escultural,
en su pubertad, durmiente, la audacia temible de los seres que ya lo han
perdido todo y contemplan el abismo con indiferencia. Gloria apenas recibía una
carta por trimestre, y ya llevaba tres años en el internado, donde había
comenzado por sufrir muchos castigos que no conseguían doblegar su indiferencia
a la disciplina, huyendo y perdiéndose en los lavabos, o la enfermería, cuando
conoció e intimó con Severina, cuya belleza sonámbula y esbelta solo era
comparable con la ingenuidad de su simpleza de alma, capaz de soportar
cualquier sacrificio y tormento por defender a su diminuta amiga, a la que
consideraba su hermana, ella, hija única de padre desconocido. En la
enfermería, donde terminaron por refugiarse, las tres, con mucha frecuencia,
intentando escapar a los horarios y la disciplina, abandonadas al vicio de la
tabletomanía, pidiendo con urgencia cuidados para oscuros males del cuerpo o
del espíritu, que no siempre eran completamente fingidos, o provocados, Celia
comenzó a observar los síntomas del efecto alucinado de sus palabras,
inflamando los corazones y los ojos de aquellas chiquillas inocentes,
consumiéndose, a la espera de un sueño, una aventura, una locura, que diese
alguna ilusión a sus vidas de avecillas encerradas en una jaula sin aire, sin
luz ni esperanza.

 

Con sus palabras, manejadas con la
temible habilidad luciferina de los antiguos bulderos que compraban y vendían
almas, en la Caína de otros tiempos, nunca curada de sus leprosas enfermedades
del espíritu, Celia abría las puertas y ventanas de un palacio inmenso que
prometía a quienes la escuchaban, cerrando los ojos, con fervor, los tesoros
sin cuento ocultos en sus infinitas estancias, tan vastas como la imaginación,
huyendo, desesperadas, de aquella celda que olía a humedad y medicinas
averiadas.

 

Por el laberinto de los pasillos y
escaleras del internado corrió el rumor que Celia poseía una fuerza que curaba
muchos males, bien conocidos por la inmensa mayoría de aquellos alevines de
mujer, que pronto sufrirían en sus cuerpos unas metamorfosis que las
convertirían, por un tiempo, muy breve y volátil, en adorables objetos de
tentación, muy preciados para los tráficos más infames y nefandos.

 

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