Vírgenes mancilladas

March 27, 2006

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La leyenda de Celia comenzó a crecer y propagarse, mucho más allá de los pasillos, el refectorio y los dormitorios, el día que la pequeña Gloria se negó a arrodillarse, con los brazos en cruz, frente al muro empapelado con unas pajizas flores de invernadero mortecino, enmohecidas por el frío y el abandono de una sombría clase iluminada, apenas,
con luz artificial, donde, a muy primera hora de la mañana, se había consumado aquella ominosa falta de respeto; de espaldas a unas condiscípulas despavoridas
ante la violentísima tensión de aquel inaudito acto de rebeldía.

Diminuta, en pie, sin bajar los ojos, firme, en su uniforme gris de interna sin fortuna, Gloria se negaba a cumplir el castigo con una insolencia temeraria y pronto reprimida por doña Eufrosia, profesora de gramática, miope, seca y caballuna; que sonrió con el sadismo
cruel de la soberbia rencorosa, pidiendo a la niña que levantase las manos,
para darle violentísimos palmetazos, con su regla de madera de boj, hasta que
Gloria cayó de hinojos, a sus pies, en lágrimas.

 

Los castigos y humillaciones que siguieron le permitirían a Gloria conocer a otras condiscípulas, a quienes estaba unida por la dudosa suerte de los invisibles lazos que atan a las hijas de familias desafortunadas, perdidas en un internado donde la disciplina
religiosa y marcial hace más hondas las heridas de un hogar deshilachado o inexistente. Y esas relaciones en los bajos fondos del régimen disciplinario
terminaron por crear nuevas señas de dolorosa identidad. En los lavabos, por ejemplo, Gloria gustaba demorarse, ante el espejo, descubriendo el encanto
virginal de su rostro y su cuerpo, en flor, semidesnudo; a sabiendas que su
impudor era una afrenta para la vigilanta de turno, que intentaba hacerlas
correr, chillando, al ritmo de una campanilla que Gloria fingía no oír,
consagrada a su aseo con alegre y displicente voluptuosidad.

 

Gloria había conseguido hacerse con una barra de labios de un rouge escandaloso para su edad y condición. Y ese precioso tesoro le permitía imaginar, a hurtadillas, la felicidad de una sola hora de libertad, paseando, como una señorita de mundo, coqueteando, mientras iba de compras por las tiendas de lujo donde mataba el tiempo probándose un
vestido de seda muy descotado, un encanto de blusita transparente en muselina
malva, tocada con un rubí rojo pichón. Severina cerraba los ojos, escuchándola,
soñando, intentando imaginar que milagro podría ser su vida, perdida en aquellos disolutos parajes de la imaginación y el deseo, en ciernes, balbuciente, de púberes canéforas en flor.

 

Celia soñaba despierta. Y había osado utilizar el rouge de Gloria un día de fiesta y visita, cuando la presencia de muchos padres y familias, endomingadas, en el patio de recreo, hacía más desvergonzada su temeraria osadía, impúdica; desafiando a la directora, en público, con mucho escándalo, entre los graznidos
de las aves de mal agüero, que transmitían, entre risas, de grupo en grupo, la noticia del aciago tiberio; preguntándose, hipócritas, cual sería el castigo para una niña, adolescente en ciernes, que se paseaba sin pudor, pintarrajeada como una mujerzuela.

 

Aquella noche, en el refectorio, la directora anunció las sanciones que cayeron, como una condena, fatal, con un tono de inaudita severidad, afirmando que aquel comportamiento infame, con tanto escándalo público, alarmando a las pías almas que habían confiado sus
herederas a una escuela tan venerable, era una afrenta para toda la institución, vejada, como una madre profanada, en su tumba, ante los atónitos ojos de los padres que visitaban a sus hijas y descubrían tales síntomas de vicio impune y depravadas costumbres. Semanas más tarde, castigadas con mucha severidad,
durante toda la Pascua de Resurrección, Celia, Gloria y Severina se escaparon del internado, con ingenua alevosía infantil; sin saber que hacían ni como podría terminar su descarrío, precipitando el destierro que las unió, ya para siempre, en el recuerdo gozoso de su sacrificio de vírgenes mancilladas.

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