Una estrella errante en una noche sombría

March 29, 2006

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Nunca más pudieron volver a aquel internado, del que, andando el tiempo, guardarían recuerdos menos lúgubres de lo que hubieran podido imaginar, cuando, infelices, creían morar en el infierno; sin poder sospechar que sorpresas les reservaba la vida, muy pronto…

 …Tras la expulsión, degradante y sin gloria, para su padre y madrastra, Celia fue enviada a una residencia de monjas irlandesas, en Gildford’s Heights, al norte de Dublín. Allí fue encerrada en su celda individual, una diminuta habitación propia; con una cama, un armarito metálico, un crucifijo, y una ventanita que daba, desde un tercer piso, a un oscuro patio interior, donde la lluvia caía sin cesar, desde hacía una eternidad, cubriendo con su brumoso manto los corazones de las almas en pena que vagaban, perdidas, por aquel lugar. ¿Podrían llegar las golondrinas hasta aquellos lejanos e inhóspitos parajes, tan próximos al fin de todas las tierras conocidas, en las inmediaciones de unos acantilados desde donde, entre la niebla, solo se oteaba la brumosa e inquietante oscuridad sin orillas del océano?. Las cartas escritas a las golondrinas, desde aquellos lugares, corrían el riesgo de perderse entre los endiablados remolinos de una tromba de agua y frío, llevándose sus palabras hasta los borrascosos altos de una colina que recordaba, con una cruz, el lugar exacto donde se perdieron muchos viajeros, arrastrados por invisibles fuerzas hacia el fondo de aquel mar de pesadilla, del que nunca volvieron. Hasta allí corría Celia, en ocasiones, desesperada, en busca de alguna intimidad, como una sirena solitaria, esperando que los lamentos de su voz atrajesen a los espectros de alguna tripulación descarriada y sin rumbo, bogando, sonámbula, hacia las corrientes de los arrecifes y acantilados.

 

La disciplina marcial de aquel nuevo internado empezaba antes del alba, y debía cumplirse con silenciosa monotonía, implacable; sin descanso, hora tras hora, día tras día, con una precisión sonámbula. La beatífica sonrisa con que se acompañaba cada orden recordaba, sin nombrarla, la severidad feroz del castigo que llegaba, implacable, para reprimir cualquier retraso improcedente, cualquier dejadez vestimentaria, o el más mínimo desorden, en una minúscula habitación cuya limpieza e intimidad eran las de una celda, vigilada día y noche. Tal sometimiento ciego imprimía carácter en el rostro, avejentado, muy prematuramente, de las pupilas más antiguas, condenadas, durante años, a la obediencia de unas reglas que, aprendidas hasta la humillación, definitiva, podían sortearse, en ocasiones, más tarde, a través de la hipocresía. Iniciándose a los secretos de ese arte maléfico de vivir en cuarentena, en su nuevo destierro, Celia pudo comenzar a otear nuevos horizontes, que el aprendizaje de la lengua le permitía explorar con mucha cautela. Ya que adivinaba en el odio, la desconfianza, la indiferencia, la piedad y las súplicas de sus condiscípulas, las huellas de luctuosos sucesos, perpetuando su rastro en la piel de aquellos seres inocentes, caídos por azar en un tiempo que los martirizaba. Así, los estigmas de una interminable guerra civil podían tocar, de manera apenas perceptible, pero bien real, el rostro, por otra parte purísimo y muy delicado, de una adolescente irlandesa. La crueldad de dos mellizas británicas ilustraba, a la perfección, la ferocidad educada, durante generaciones, en el lujo y el capricho. Un secreto inconfesable hacía más atractiva la belleza solitaria de una chiquilla cuyas trenzas bien hablaban de una coquetería reprimida, aunque intacta y muy elocuente; como una estrella errante en una noche sombría, iluminando la sonrisa de unos ojos negros, muy brillantes, diamantinos, semejantes a dos joyas abandonadas en el tejido sedoso de su delicada piel, martirizada en vano por la soledad de su celda.

 

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