Un cuerpo en flor y nunca poseído

April 1, 2006

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Laure Fokine tenía quince años; era alta, delgada, morenísima, hija de un padre compositor y una madre violinista, separados, de mutuo acuerdo, pero unidos en el amor por aquella chiquilla, fruto de un accidente pasajero, que les había permitido descubrir, a cada uno de ellos, su verdadera naturaleza íntima…

Albert Fokine había tenido que desposar a la más enérgica de las intérpretes de sus primeras obras, para poder comprender su inconfesable pasión de solitaria orquídea de salón, anhelando el pistilo que nunca podría fecundarla. Oriane Swann de Fokine conocía, desde muy niña, el vigor masculino de su fiebre de posesión por los cuerpos que solo podían ser masculinos si el joven de su caprichosa elección se abandonaba a ella con el candor de una virgen en flor. Con aquellas viejas historias, objeto de mil y una fabulaciones, la maldad infantil había hecho muchas chanzas, groseras e infames, para intentar martirizar a Laure, en aquel internado de Irlanda del norte, durante los primeros y difíciles años de su llegada a Gilford’s Heights, cuando solo encontró la comprensión cómplice de un profesor de lógica y matemáticas, fotógrafo amateur. Pero ella había madurado con la fragancia de un fruto prohibido, educada en solitaria vigilia; aguardando, silenciosa, la mariposa que un día, al fin, pondría la delicada trompa chupadora de su boca en los labios de su corola abierta con lujuria.

 

Los ojos de Laure solo se despertaban, en ciertas ocasiones, cuando la presencia visible o invisible de un ser desconocido, pero muy atractivo, los invitaba a alzar sus alas, majestuosas, prestas al vuelo; desplegando, entonces, el delicadísimo encanto de su iris negro azabache, como una mariposa nocturna, atrayendo hacia sí los ojos de una desconocida y recién llegada, Celia, por ejemplo, obligada a modificar su rumbo, atraída por la luz que sus párpados velaban o hacían más iridiscente, a través de las señales y el lenguaje de la mirada. Esa primera aproximación, visual, podía y debía prolongarse, indefinidamente; porque los horarios, la disciplina, los convencionalismos propios de una educación muy estricta, impedían y aplazaban el diálogo, el trato, el conocimiento, que la mirada permitía iniciar y explorar con la encantadora crudeza propia de los fantasmas de la imaginación, desnudando la figura de una virgen desconocida. Celia leía en el brillo diamantino de los ojos de Laure oscuras promesas, que un gesto, una sonrisa sofocada, un guiño imperceptible, transformaban en prometedores mensajes que cada día era más apremiante descifrar, con trémulo gozo.

 

Lentamente, Celia y Laure descubrieron la forma de intercambiar algunas palabras, delicados billetes, con mensajes cuya inocencia, aparente, les permitía transmitir veladas confidencias, que fueron el principio de algo mucho más hondo que una simple amistad. Al final del segundo trimestre de aquel primer curso, quiso la fortuna que Laure cambiase de clase. Durante muchas semanas, solo se habían cruzado en los pasillos, la capilla, el refectorio. Ahora podían comenzar a intimar en el mismo patio de recreo. Sus habitaciones no estaban en la misma planta; pero esa lejanía hacia más urgentes las confidencias matinales, cuando, al fin, incluso el aprendizaje de una lengua extraña, hasta entonces, les permitía comenzar a descubrir cuan próximas podían estar sus gozosas tribulaciones del lenguaje de algunas plantas; dialogando, a ciegas, como las mariposas que recorren enormes distancias y sortean infinitos peligros, hasta poder acariciar con su trompa los labios de una delicadísima corola solitaria; a la espera de una fecundación que, de otra manera, tardaría mucho en llegar; como les ocurría a ellas mismas, dos adolescentes, aprendiendo a traducir, con palabras, el lenguaje luminoso del iris de sus ojos, atraídos por la luz de un cuerpo en flor y nunca poseído.

 

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One Response to “Un cuerpo en flor y nunca poseído”


  1. […] Horas antes que Jacques Chirac pronuncie su enésima alocución solemne a la nación, en la gran tradición de la “demagofia fofa”, tomo café con Luc Ferry, que me dice cosas de una sensatez inquietante: “En 1968, los jóvenes encarnaban la esperanza, la utopía… los jóvenes de hoy encarnan la vanguardia del miedo y la angustia ante el futuro” “Todo el mundo quiere ser protegido por un Estado que no sabe ni puede atender a tantos colectivos de víctimas”. Guardo mi diálogo en Európolis. [ .. ] Biografía NO autorizada de CJC. Un cuerpo en flor y nunca poseído […]


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