Un perfume licencioso en el cuello grácil y los hombros desnudos de una chiquilla

April 3, 2006

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El tiempo del resto de los mortales podía transcurrir perdiéndose en su angustiosa y estéril agonía. Celia y Laure se demoraban en el tiempo, no menos doloroso, por momentos (cuando los horarios, la disciplina, un viaje, o una visita, inesperada, las obligaban a romper el ritmo floral de sus diarios intercambios de sonrisas y palabras, fugitivas, poblando sus días con infinitas promesas incumplidas; y, quizá, por eso mismo, mucho más fragantes, prometedoras y atractivas), de unas revelaciones, misterios e íntimos descubrimientos carnales…

 

… que la edad y el secreto hacían infinitamente más atractivos y gozosos, alejándolas del resto del mundo. Las cartas que llegaban desde Caína y París podían esperar, siempre. Era mucho más urgente el cumplimiento de inmediatos compromisos y deberes, en los que les iba la vida; tan necesario es, para las adolescentes, en flor, respirar la fragancia volátil del ser por el que se saben dispuestas a perderse, al igual que algunas especies de mariposas nocturnas; precipitándose, ciegas, en el abismo de la luz cegadora donde perecen, en el martirio gozoso y efímero que recuerda, por su ciega fugacidad, la vida frágil de las orquídeas.

 

Las primeras grandes vacaciones veraniegas llegaron inesperadamente, precipitando a Celia y Laure en un abismo de dolorosa incertidumbre. ¿Podrían vivir separadas?. ¿Que sería de ellas, en la lejanísima Poncia, o en París, durante los tres meses sin fin que duraría la inminente separación, tan cruel y forzosa?. Como prueba de amor, rogándole que la recordase a cada instante, Laure entregó a Celia una foto de pocos años atrás, disfrazada de duendecillo de las colinas, Puck; con un vestido muy lindo, en seda transparente, los hombros descubiertos, para mejor exponer la belleza infantil de unos ojos que miraban, muy fijos, al objetivo de la cámara, que, en su día, había tenido, en sus trémulas manos, el reverendo Charles D.L. Carroll, profesor de lógica y matemáticas, quien había fotografiado a Laure, siendo niña, en muchas ocasiones, disfrazada de hada, de ángel, de odalisca infantil en un cuento de hadas.

 

Sofocado, apenas, el dolor de la separación, condenadas a la vuelta provisional al redil familiar, Celia instaló la fotografía enmarcada de Laure en la mesilla de noche de su habitación, en Poncia, donde se refugiaba, con cualquier pretexto, sintiéndose extraña y perdida en la casa, la ciudad y las tierras de su familia, tan alejadas de los acantilados donde había paseado de la mano de su amiga, ausente y lejana, durante el último trimestre. Su padre, emocionado por el retorno de su hija única, de la que había estado separado y sin noticias, durante tan largos meses, deseó organizar fiestas, viajes, para intentar distraerla y distraerse, encantado, con un regreso que deseaba definitivo y le permitía acariciar muchos proyectos. Jacinta Carón intuía que el alejamiento de Celia de todo cuanto la rodeaba era la manifestación bien visible de una vida que florecía escapando a sus dominios y había comenzado a crecer en una tierra extraña y desconocida. Sin atreverse a confesar que sospechaba un perfume licencioso en el cuello grácil y los hombros desnudos de la chiquilla, Laure Fokine, cuya fotografía, en el dormitorio de su hijastra, le recordaba, a cada instante, como una afrenta, para su orgullosa soberbia, el invisible camino que nunca la conduciría a ella hasta los lugares de ensueño donde Celia intentaba encontrar refugio contra el tedio, insondable, del verano levítico, en Poncia.

 

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