Anuncio sin pudor ni piedad

April 5, 2006

16

 
Cuando llegó la hora del regreso a Gilford’s Heights, tras el interminable paréntesis veraniego, Cosme Jiruña se vio forzado a reconocer, definitivamente, que la separación de su hija sería mucho más larga, dolorosa y honda de lo esperado. Celia, por el contrario, floreció repentinamente, con los preparativos de su viaje, cual una planta agostada y moribunda por la cruel ausencia de agua, que una noche de lluvia, inesperada y salvífica, ayuda a reverdecer, repentinamente, hasta hacerla recobrar su vigor y su vitalidad primaverales, vistiéndola con el color, la turgencia y la gracia de los frutos prometidos…

… Cosme comprendía que esos frutos llegarían, sin duda; pero muy lejos de su presencia, lejos de su tierra, lejos de su casa, donde no había sabido educar ni retener a su hija, alejándola voluntariamente, obligándola a crecer en una tierra hostil, creía. Y era en aquel húmedo purgatorio, imaginado por su esposa, para intentar doblegar a una hijastra indócil, donde crecía y florecía, como una extraña, desterrada, la única razón noble que hubiera podido dar alguna savia a su vida sarmentosa y sin esperanza.

 

Para consolar a su padre, que deseaba retenerla, intentando poner fin a su separación, Celia le hizo juveniles promesas; pero, en verdad, lo engañaba sin misericordia, porque ella deseaba huir, escapar, volver a su celda en el destierro, para poder dar y recibir, muy lejos del hogar, nunca conocido, en definitiva, la encantadora luz y las turbadoras caricias cuya sola imaginación iluminaba y humedecía todo su ser. Laure le había enviado una tarjeta postal desde Menton, donde había vegetado durante las vacaciones, en casa de unos amigos de su madre; mientras languidecía, también ella, aguardando la hora del reencuentro, insensible a las mariposas y la fragancia de los naranjos y los limoneros de la terraza desde donde la inmensidad calina y azul del mar tampoco la consolaban de la ausencia de su amiga. Juntas podrían cultivar una complicidad que nunca sería un hogar, pero alimentaba en sus entrañas el ardor de una fiebre muy delicada y vertiginosa, como una tentación nocturna, muy osada, orientando y dirigiendo sus pasos, sus deseos, sus anhelos; dando a sus vidas un sentido que ellas creían glorioso, muy lejos del lar familiar, mancillado, estéril y profanado, desde un nacimiento nunca deseado por nadie.

 

Libres, de nuevo, al fin, en el laberinto disciplinario de Gilford’s Heights, Celia y Laure pudieron comenzar a tramar los hilos y la urdimbre del tejido de hábitos, costumbres, prohibiciones, castigos y promesas de redención que pueblan el alma de los amantes, creyendo que su vida y su amor serán eternos; incluso, o quizá mucho más, cuando se trata de dos adolescentes, en la flor de la edad, buscando solitario refugio en un oscuro pensionado, muy alejado del mundo. La severidad de los horarios, el rigor de las normas de comportamiento, las obligaban a vivir en secreto sus ilusiones más íntimas, forzándolas a cultivar la hipocresía permanente, maquillada con piadosas mentiras cuando se veían obligadas a contestar algunas cartas familiares, siempre más inquietas y melancólicas, en el caso de Celia. Sin comprender que le ocurría, pero advirtiendo que los pies de su conciencia se hundían en un pantano de tierras movedizas, Cosme Jiruña había terminado por advertir que estaba perdiendo a su hija, para siempre, por su propia culpa. Y eran vanos sus melodramáticos lamentos postales, que llegaban demasiado tarde y caían, en los patios interiores de la conciencia de su hija, como una lluvia monótona y estéril, que no cesaría jamás; ni siquiera con el telegrama de su madrastra, aquel invierno cruel, anunciándole, sin pudor ni piedad, que su padre se había ahorcado en una viga, con una soga y una silla, un ventoso atardecer de mediados de diciembre, en la antigua casa vacía de la polvorienta aldea de Lemos, en las inmediaciones del valle del Juzo, donde ella había nacido, el día de la muerte de su madre.

 

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