El jardín encantado de sus escapadas nocturnas

April 19, 2006

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Con frecuencia, la lluvia obligaba al reverendo Carroll y sus alumnas a regresar precipitadamente a Gilford’s Heigths, buscando refugio, mientras pasaba la tormenta, en un hostal de las afueras, donde él se tomaba un te, con pastas, y ellas pedían una limonada, entre risas y chanzas, que daban a sus rostros delicadísimos arreboles rosicler. Siempre equipado con sus artilugios fotográficos, el reverendo Carroll aprovechaba aquellos minutos, sublimes, para intentar captar la pureza virginal de algunas gotas de lluvia, resbalando, todavía, por la frente, los pómulos o el cuello de Laure, haciendo mucho más atractiva la lechosa tersura rosa de su piel.

La mirada del reverendo Carroll se detenía con fervor en los rincones más insospechados de la figura de sus discípulas, indiferentes a la delicadeza encantada del cazador de mariposas que descubría, en éxtasis, los infinitos matices del albo rosáceo del rostro de Laure; para mejor apreciar la calidad iridiscente del rojo rubí de sus labios, tan distintos del malva carnoso de la boca de Celia, tocada de una levísima humedad impúdica, que ella fingía ocultar bajando las pestañas, velando durante unos instantes el fulgor incandescente del iris de sus ojos. Cuando cesaba la tormenta, era urgente regresar al internado, y volver a sumergirse en las tediosas aguas de las obligaciones diarias, siguiendo el cauce del río del curso escolar, con la fértil monotonía de los días, las semanas, las meses y los años, pasando, como un suspiro; cumpliendo los ritos de una educación estricta, apenas empañada por las sombras de una inconfesable vida nocturna, poblada de anhelos, seres, promesas, pesadillas y fantasmas de invisible rastro, mucho más perdurables.

 

El reverendo Carroll, por ejemplo, participaba de manera muy viva en la agitada vida pública local, escribiendo manuales de urbanidad, opúsculos políticos, libelos dirigidos contra sus adversarios, que el tiempo cubriría con una delicada patina sepia, hasta hacerlos perfectamente incomprensibles para quienes no fueron sus contemporáneos. Por el contrario, alguno de sus relatos infantiles y las fotos íntimas de Laure Fokine, inmortalizando su rostro y sus hombros desnudos, conservarían, siempre, de generación en generación, la huella de un misterio oculto en el brillo de unos ojos cuya luz iluminó, durante muchas generaciones, la silueta grácil y angelical que ya perturbaba y perseguía el insomnio de un hombre solo, acosado por las invisibles llamas que devoraban y consumían su alma y sus entrañas, la casa de su ser y su vida, en cuarentena.

 

Con los años (cuando las fotos de Laure Fokine llegaron a convertirse en gravísimo testimonio de cargo, en un proceso donde no sería fácil discernir las fronteras de la culpa y la locura), Laure y Celia terminarían comprendiendo hasta que punto fueron capaces de atormentar al casto profesor de lógica y matemáticas, autor de inolvidables cuentos infantiles, con delicadas dedicatorias, para ellas, justamente, incapaces de comprender quien agonizaba detrás del objetivo que las fotografiaba, con fervor y alambicados pretextos, ocultando con mucho pudor la misma y secreta fiebre. Pero, por aquellos años, Celia y Laure solo podían consumirse, ellas mismas, en el cumplimiento de la disciplina escolar, anhelando, a cada instante, la hora de poder perderse en el jardín encantado de sus escapadas nocturnas.

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One Response to “El jardín encantado de sus escapadas nocturnas”


  1. […] Biografía NO autorizada de CJC. El jardín encantado de sus escapadas nocturnas. […]


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