Una arpía con los ojos desencajados

May 1, 2006

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Cuando Celia regresó definitivamente a Poncia, encontró a su madrastra avejentada por el odio y el rencor hacia todo cuanto la rodeaba, temiendo, con razón, morir enterrada viva.

Incapaz de administrar y hacer fructificar el patrimonio familiar, Jacinta se había rodeado de sucesivos hombres de mano, creyendo comprar su fidelidad con favores que ellos utilizaban para robarla, fingiendo someterse a sus caprichos para desposeerla de unos bienes acumulados con rapacidad, durante generaciones. Dejadas en abandono, las casas de Poncia fueron vendiéndose, una tras otra, para pagar los desastres de las malas cosechas, los destrozos de la piedra, el granizo, la sequía, la langosta y la codicia sin freno de unos administradores humillados por un ama ignorante y zafia, apenas versada en crueldad gratuita. Los menguados frutos de las tierras del valle del Juzo se malvendían en las peores condiciones; porque la viuda propietaria solo tenia enemigos carniceros, que la temían, mientras la vieron con fuerza, pero comenzaron a vengarse cuando la ceguera y la avaricia que amortajaban su rostro hacían más hondo el gusto de robarla, hacerla daño y martirizarla, humillada.

 

Cuando Celia abrió la puerta de la antigua casa de sus padres, tras los años transcurridos en el internado de Gilford’s Heigths, muchas de las habitaciones habían sido cerradas a cal y canto. Los muebles habían sido cubiertos con unas fundas de lienzo donde el polvo, las larvas y las polillas anidaban sin misericordia. Su madrastra tronaba, renqueante, desde su habitación, donde una cocinera, un ama de llaves y un administrador fingían respetar sus órdenes, que cada cual ejecutaba a su antojo, porque Jacinta estaba perdiendo la cabeza y engañaba a su médico de cabecera tomando píldoras siempre distintas a las que se le recetaban, ya que temía ser envenenada y creía poder escapar y manipular a quienes la rodeaban. Ignacio Muro, el último de los administradores manirrotos, fue quien comunicó a Celia los detalles de una situación que no podría prolongarse indefinidamente, si se deseaba evitar la ruina final que acechaba por todos los rincones. El estado de salud de su madrastra, y sus lesiones cerebrales, aconsejaban el internamiento o un tratamiento de urgencia, que Jacinta denunciaba, a voz en grito, como una arpía, con los ojos desencajados, diciendo que deseaban enterrarla viva.

 

Las denuncias de la cocinera, afirmando que su ama la azotaba con nimios pretextos, insultándola de manera atroz, ofrecieron una excusa casi ideal para encerrar a Jacinta en un manicomio, con carácter preventivo, decía la comunicación médica, apenas amañada. El día que llegó la ambulancia que debía trasladarla, por la fuerza, la viuda echaba espuma por la boca, diciendo a su hijastra horrores soeces y espantosos, que Celia hubiera deseado no oír, jamás, porque mancillaban con su locura la memoria de los restos deshilachados y demenciales de cuanto quedaba de su familia y sus recuerdos infantiles; de los que debería despedirse, para seguir una carrera, en Caína, donde podría recibir una modesta pensión mientras diesen algún fruto las esquilmadas tierras familiares del valle del Juzo.

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La locura de Lázaro 

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2 Responses to “Una arpía con los ojos desencajados”


  1. […] Biografía NO autorizada de CJC. Una arpía con los ojos desencajados. […]


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