Caína, la ciudad que ella pondría a sus pies, como una furcia que se compra con dinero

May 17, 2006

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El hábito de escribir cartas sin respuesta le permitió a Celia aprender a cultivar muy distintos recursos retóricos, con el rigor clínico de un paciente, sin esperanza, capaz de auscultar el trayecto seguido por el neuma, los soplos de vida que se le escapan, apagando su existencia inútil, lentamente. El 24 había usado muchos cuadernos, dibujando el mismo cerezo, año tras año. Y en una acuarela de fecha todavía muy reciente, por aquellos años, el albo carmín de una flor estaba tocado por la luz de una anunciación. Celia escribía cartas sin destinatario conocido, esperando escuchar la voz de alguien que no era ella y debía manifestarse a través de la zarza en llamas de su cuerpo, martirizado por la soledad y el silencio.

En sus cartas a Laure Fokine, esperando seducirla, de nuevo, esperando preservar la fragancia del recuerdo de sus cuerpos anudados y en flor, Celia repetía las variaciones musicales de distintas sonatas, de invierno, primavera, verano y otoño, siguiendo el curso de las estaciones, iluminadas con la luz de una lámpara maravillosa, tocando todas las cosas con el encanto que les permite vivir, después de muertas, en la tierra indestructible de la memoria. Echadas al buzón aquellas misivas de amor, la joven Jiruña-Carón volvía a la urna de cristal donde flotaban los peces muertos de aquel sanatorio, distrayendo sus horas vacías con apuntes esperpénticos de las bárbaras comedias que se sucedían ante sus ojos. El 17 explicando al 35, en el comedor, esperando la sopa de fideos de los lunes, que la codeína calmaría sus esputos de sangre y ella volvería a las pistas de baile. Los tres dientes negruzcos del 35, bailando con la risa de un cuervo mojado, mientras contaba al 33 que la 17 era una furcia desahuciada. El 33 escupiendo en un pañuelo guardado con primor, hasta el próximo ataque, cerrando los ojos en blanco y abriendo la boca, sin conseguir que entrase un suspiro de aire en los pulmones infectados; sin poder acallar la angustia de muerte y el dolor que se extendía por los hombros, los brazos, las manos, para volver al corazón. La 41 pidiéndole al 24 que la retratase quitando de su rostro las manchas de pus. El 24 atado con correas a su cama. Su madrastra anunciándole por carta recomendada sus segundas nupcias de loca perdida, robándole la herencia y la vida.

 

El correo traía y llevaba noticias entre el mundo de los vivos y el mundo de los muertos, en cuarentena, esperando su hora en aquel sanatorio de la sierra, donde Celia aprendió a resistir, sola, leyendo la colección completa de los clásicos Rivadeneira, las Sonatas, Vidas sombrías, el Libro Negro, Soledades y La Voluntad. El 24 le prestó una reproducción en blanco y negro del Bobo de Vallecas, a cambio de una foto de Laure Fokine, los hombros desnudos, inmortalizada por el reverendo Carroll, lolita carmín y fresa. Esos intercambios de vecinos de celda no impedían duras discusiones, marcadas por el amor y el odio, porque Celia veía en el rostro del niño de Vallecas el retrato fiel de un cuento fúnebre contado por un idiota; mientras que el 24 veía el rastro, la huella, de una luz bondadosa, indemne a la maldad cainita y parricida de sus vecinos y carceleros. Los enfermeros ponían fin a las incomprensibles y angustiadas diatribas de Celia y el 24, alborotando el patio con sus ruidos y agitación, vana, en el refectorio, en el pabellón de reposo y los pasillos donde debía reinar el silencio debido a las almas muertas, camino de la tumba.

 

Desde la terraza del pabellón de reposo, echada en su chaise longue, cubierta con una manta, para no coger frío, a pesar de lo bien entrado de la primavera, Celia podía otear el resplandor de los fuegos fatuos de Caína. Mientras caía la tarde y la luz se iba por las últimas estribaciones de la sierra, la fosforescencia de la gran ciudad se recortaba en la lejanía del horizonte. El revoloteo de un gorrión rezagado, huyendo despavorido de aquellos parajes, proclamaba la llegada inminente de la noche, cubriéndolo todo con sus sombras. Los ruidos mecánicos de los ascensores de servicio, entre los distintos pisos del sanatorio, anunciaban la hora fatal para los pacientes que no volverían a ver la luz del día y ya se dirigían, ciegos, sin saberlo, hacia la oscuridad sin retorno. Las luces rojas de la sala de urgencias y el ruido de las sirenas de una renqueante ambulancia de turno comunicaban la llegada de nuevos seres en cuarentena, vestidos con el sudario de un número y un expediente clínico, para hacer más larga la agonía y el dolor. Celia se ponía en pié, como un fantasma solitario, aterida por el frío que llegaba, con las sombras, para detenerse, unos instantes, en la balaustrada de la terraza, contemplando, por última vez, el resplandor lejano de las luces de Caína, la ciudad que ella pondría a sus pies, como una furcia que se compra con dinero.

 

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2 Responses to “Caína, la ciudad que ella pondría a sus pies, como una furcia que se compra con dinero”


  1. […] Biografía NO autorizada de CJC. Caína, la ciudad que ella pondría a sus piés, como una furcia con dinero. […]


  2. […] Esas ciudades serían muy distintas y quizá estuviesen amenazadas de desertización espiritual sin la obra de esos autores. No olvido, hélas, la vocación saturnal de Caína.. “la ciudad que ella pondría a sus pies, como una furcia que se compra con dinero”. […]


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