CJC y algunas heroínas de Truffaut, Fellini, Visconti y Billy Wilder

November 4, 2006

El gran amor de mi CJC fue Laure Fokine, Lo-li-ta adolescente, actriz de gran talento que trabajó con Truffaut, Fellini, Visconti, entre muchos otros. Y terminó en una Costa Azul donde también agoniza la Fedora de Billy Wilder.

Así transcurrió el encuentro entre Laure Fokine y la hija de mi CJC, intentando desvelar el más hondo de los secretos de su madre:

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Laure Fokine aceptó recibir a Celia jr. en su casa de Menton, en los altos de la segunda cornisa, en un recodo solitario de la carretera que conduce a la frontera, donde vivía recluida, rodeada de fotos, recuerdos, cachivaches, abalorios, huellas de un pasado cultivado con pasión mortuoria, ordenadas con una precisión maníaca. De una edad indefinida, tras infinitos afeites, ceras, mascarillas y rímel; tocada, a la luz del día, con sus gafas oscuras de mariposa nocturna, Laure Fokine recibía con la elegancia señorial de una muerta en vida, oficiando de sacerdotisa de su propio culto, amortajada en su tumba florida. La mujer buscada por Celia jr. era una sombra al cuidado de un mausoleo, en mármol estatuario, con vistas a los campos elíseos del mar sin retorno, donde cada visitante debía rendir homenaje a las figuras inmortales de un álbum de fotos cuyas imágenes ilustraban páginas sucesivas de un pasado glorioso, el eco espectral de una leyenda que permanecía intacta en la memoria de la vestal envejecida.

Atribulada, todavía, por el cansancio de una interminable noche de tren y la confusión de un taxi que se había perdido, antes de terminar por descubrir aquella casa, oculta y sin nombre, detrás de un muro de acacias, aligustres y magnolios, Celia jr. fue recibida por un mayordomo de maneras aristocráticas que la sentó en un salón tapizado de seda malva, con un gran ventanal con vistas sobre la bahía, en lontananza, semioculta por las cortinas que tamizaban la luz palidísima que bañaba los jarrones de albahaca, jazmín, begonias, rosas, hortensias, azaleas, lirios, miosotis, orquídeas y alhelíes, proclamando la gloria de una cripta donde Laure Fokine se hizo esperar durante unos minutos interminables, hasta hacer su solemne aparición de embajadora del reino de las sombras, proclamando la verdad de sus misterios.

—-Así que usted es la hija de Celia… quizá deba decir que la estuve esperando, durante muchos años. No sé si podrá entenderlo. Cuando, hace siglos, su madre me habló de su embarazo, creí recibir la mayor alegría de mi vida. El fruto del vientre de su madre vendría a prolongar y asegurar la eternidad de un amor que había estado proscrito. Tuve a su madre en mis brazos y lloré de alegría cuando escuché los latidos de sus entrañas, donde usted crecía, sin saber, o sabiendo, quien sabe, que yo la esperaba, escuchando la respiración entrecortada de la sangre. Aquel día, que fue el día, lluvioso, de la boda de su madre, en París, en la iglesia de Saint-Sulpice, creí que era el comienzo de una nueva vida. Cuando viniese a la vida el ser que yo había escuchado en el vientre de su madre, ese hombre, o esa mujer, que es usted, también me pertenecería y daría un sentido a mi vida. Porque locura como la nuestra no hubo. Yo era una chiquilla muy alta, delgada, morenísima, y ya venía a Menton, a casa de unos amigos de mis padres. De hecho, siempre viví en domicilios de paso. Incluso esta residencia, que es mi morada última, es una casa de alquiler. Y languidecía, me asfixiaba, cuando estaba lejos de su madre. Llegué a creer que ella me necesitaba, como yo a ella. Pero era mentira. De aquella historia solo quedan las fotos del reverendo Carroll: las fotos íntimas tomadas por un hombre maduro, que sufría contemplando a sus alumnas, como ninfas, a quienes no se atrevía a desnudar, por completo, perseguido por una locura que culminaría con su condena. Sin que nosotras fuésemos totalmente inocentes. Sin poder entender, tampoco, el sufrimiento estéril de aquel hombre solo. Ahora comprendo que su sacrificio, su agonía, anunciaban mi propia muerte; mi calvario, mucho más doloroso que la paz definitiva de la tumba. Porque mi vida ha sido una pesadilla sin fin. Y usted sale del féretro donde había creído enterrar mi infancia, mi juventud, mis cartas, mis fotografías, mis recuerdos, mis joyas, vestida con ese traje blanco de virgen condenada al sacrificio. Porque usted viene en busca de una verdad que hubiera debido ignorar. Para hacerme sufrir. Como yo la hago llorar. Porque tenemos el corazón muy frágil y mal preparado para el dolor y la soledad, que no tienen remedio ni fin.

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11 Responses to “CJC y algunas heroínas de Truffaut, Fellini, Visconti y Billy Wilder”


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  4. […] Mi visión de Nashville era mucho más lírica y épica. Su Philip Marlowe me parecía pasablemente vulgar, sin la ambigüedad arturiana del original de Chandler. Su visión cruel, grotesca y feroz de la guerra tampoco es la mía. Lo mío es Visconti y Billy Wilder, Eastwood, Ford, Astaire. Pero admiraba su sana ironía truculenta. Descanse en paz. […]


  5. […] Hay muchos otros rostros de Crewdson, cuya obra me seduce desde hace tiempo: Hitchcock, Crewdson: a la espera de un inquietante fin de semana. Su obra me sirve de ilustración imaginaria para algunas páginas personales: CJC y algunas heroínas de Truffaut, Fellini, Visconti y Billy Wilder. […]


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