AM Matute, la última amiga fiel de Celia Jiruña Carón

November 30, 2006

Ana María Matute es la única amiga de la infancia todavía fiel a mi Celia Jiruña Carón, cuando esta, ya muy madura, decidió casarse en segundas nupcias con un locutor radiofónico, tras recibir el premio Nobel, víctima, quizá, de unas fúnebres fantasías eróticas.

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Celia hubiera deseado dar a su segundo desposorio el barniz de una vida coronada con gloria. Pero todas sus amigas de infancia habían muerto, o eran unas ancianas cuya presencia, en una ceremonia nupcial, hubiera provocado muchas risas y chanzas…

…Entre sus antiguas condiscípulas, Ana María Matute quizá podía comprenderla, si no disculparla; pero hubiera sido ridículo, vano, hacerle llegar una invitación, para obligarla a mentir con un pretexto piadoso. Viejos conocidos íntimos, como el pintor Antonio Ruiz, el 24 de la clínica de Cerrillos del Torce, se habían ganado una celebridad que podía permitirles cualquier libertad, incluso la de confundirse, durante unas horas, entre unos invitados que no pertenecían a su mundo; aunque Antonio, a pesar de la fama y la cota de su obra, impuesta con mano de hierro por una galería neoyorquina, había conservado su estudio en Colmenar de Gredos y Celia sospechaba que sería una tortura cruel obligarlo a salir de su refugio solitario para perderse entre unas gentes que solo podían robarle el tiempo y la vida. Incluso las hijas de quienes fueron sus primeros protectores y amigos, como las hermanas Stabowitz, Gloria y Lucía, vivían muy alejadas del fuego fatuo con que Celia había aceptado que Iñigo del Pozo iluminase el blasón de las tertulias nocturnas en su finca del Encinar. Gloria, la menor, había desposado, en segundas o terceras nupcias, a un banquero riquísimo, cuya discreción parecía incompatible con las candilejas de una boda de tronío. Y Lucía Stabowitz había preferido la vida de soltera adinerada, enjoyada, muy viajada y activa en los consejos de administración de sus empresas, con intereses en la distribución de agua, las contratas de obras públicas y la gestión de basuras municipales: ella asistiría gustosa a la boda de una antigua amiga de su padre (muerto hacía muchos años; aunque siempre presente en la memoria de sus hijas, a través de una pinacoteca excepcional), pero la presencia masiva de periodistas gráficos sería un obstáculo insalvable para una mujer que sentía horror por una canalla que perseguía con saña su intimidad. Celia repasaba, a solas, sin desmayo, la lista de posibles invitados ausentes; sin miedo a caminar entre las hileras de tumbas de un cementerio abandonado, donde la fuerza intacta de su verbo, poniendo fin, por aquellos días, a su último libro, Mientras agonizo (2), le devolvería la fe en el himeneo con el que deseaba culminar su vida, rodeada de marchitas coronas de muertos. Víctor de la Serna murió en el setenta y tantos, a los pocos días de su última y gloriosa cena, en Horcher. Álvaro Cunquerio le había enviado un poema manuscrito, poco antes de marcharse para siempre. Álvaro le hablaba de las hadas que le decían ¡Bós días!, llamándolo da outra banda da mar. Y confiaba jubiloso en la hierba que crece en el monte, en las calles de una ciudad, o en el prado comunal onde brancas ovellas alindadas por unha vella caminan hacia la Última Thule, sin advertir de donde viene la hierba que mueven y remuelen con los dientes apretados, sin decatarse da resurreción da carne de Álvaro Cunqueiro, un novo corpo limpo que sonaba co vento, a la orilla de un río, o en un alto. Quizá Celia creía que su forma de morir era volver a un altar vestida de blanco, con un lirio en la mano. Y esperaba el milagro de la resurrección de sus carnes, desposando a un hombre joven que le devolviese la fecundidad perdida y prolongara la ilusión de una nueva vida. Caminando hacia la muerte, como una loca, dirigiéndose a pie firme a su destino final. Remando mar adentro por las lívidas aguas del mar del olvido, al timón de la barca donde transportaba a su última morada los cuerpos amortajados de los muertos que habían encontrado cobijo en los lagos despavoridos de su mirada.

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2 Responses to “AM Matute, la última amiga fiel de Celia Jiruña Carón”


  1. […] Su concepción más honda de la literatura me parece esencial. De ahí que Ana María Matute sea un personaje real de mi biografía no autorizada de Celia Jiruña Carón, La locura de Lázaro. Ella es la única amiga de la infancia todavía fiel a mi CJR, cuando esta, ya muy madura, decidió casarse en segundas nupcias con un locutor radiofónico, tras recibir el premio Nobel, víctima, quizá, de unas fúnebres fantasías eróticas. […]


  2. […] ● Matute, Gamoneda, Marsé, Goytisolo, mi CJC y los premios, entre Caína y los Abel. ● AM Matute, la última amiga fiel de Celia Jiruña Carón. […]


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