CJC, Ángel Vázquez, Haro Ibars, Juanita Narboni, yaquetía, jucetino

December 21, 2006

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El alejamiento de Celia jr. comenzó siendo ocasional, antes de convertirse en una afrenta dolorosa, para ambas, madre e hija. Durante un tiempo, que fue muy breve, volátil, y coincidió con su venturosa iniciación a la vida, Celia jr. encontró en las faldas del regazo materno todo cuanto necesitaba para ser feliz. De hecho, sus primeros antojos amorosos, los primeros hombres que la cortejaron, todos fueron amigos, conocidos, discípulos o admiradores de su madre, asiduos a las tertulias vespertinas del Encinar. Tomado el camino de una temprana independencia, Celia jr. pasó de mano en mano, como una moneda de bajo precio, creyendo ser ella quién elegía a sus compañeros de lecho, antes de terminar en una pensión muy modesta, a la incierta espera de ser capaz de liberarse de la tutela materna. En aquella casa de huéspedes coincidió con Eduardo Haro Ibars, que por entonces trabajaba en su estudio sobre Lou Reed y la nueva cosa neoyorquina de la época, y debía presentarle a Ángel Vázquez, que repetía en voz alta los monólogos de la perra vida de su Juanita Narboni y ejercería sobre ella una influencia de ángel tutelar.


Ángel había dilapidado en bares de mala muerte el último dinero de la venta de la legendaria sombrerería de su madre, en Tánger, y sobrevivía milagrosamente dando lecciones de inglés y francés a los hijos del propietario de una cafetería utilizada como oficina, lugar de citas y refugio, cuando el frío crudo del invierno le impedía deambular, toda la mañana, para fingir que se dirigía a un oscuro empleo administrativo, obligado a salir de la pensión tras ordenar su cuarto con primor y cerrar con llave la maleta donde cabían todas sus pertenencias. Eduardo le presentó a Celia jr. diciendo que era una escritora que trabajaba en su primer libro, siguiendo las técnicas del Almuerzo desnudo de Burroughs. Ángel estuvo encantador, adoptando inmediatamente a una jovencita que parecía tan desvalida como él, debía recibir dinero de su madre y escuchaba, maravillada, la historia increíble de Ángel y Burroughs, el día que se conocieron, en casa de los Bowles, Jane y Paul, en un Tánger que estaba desapareciendo, o había desaparecido, si es que alguna vez existió. En la pensión, el apellido materno de Celia jr. pronto les sirvió a ambos como tarjeta de crédito. Aunque Ángel, cuando no estaba en el bar, embriagándose, como una perdida, era feliz guiando a su nueva amiga y confidente por los laberintos de la gran literatura inglesa, francesa y americana, que a él le había permitido escapar al páramo cainita.

 

Ángel también enseñó a Celia jr. los modales de una mujer de mundo en ciernes, intentando despertar en ella la pasión por los perfumes, la lencería más fina, el rouge de labios. Y la inició al arte de maquillarse, con delicado primor coqueto, en el cuarto de baño de la pensión, que Ángel iluminaba con las lucecitas de un cuento de hadas canalla, previniendo a su protegida de la maldad de los hombres. Acicalados ambos, Ángel solía ofrecer a Celia jr. un te, en su destartalada habitación, con ventana y vista a un patio interior, para leerle algunas páginas escogidas del manuscrito original de La vida perra de Juanita Narboni, insistiendo en que no había nada de autobiográfico en aquellas escenas de alta comedia, salpicadas con giros de la yaquetía, la lengua hablada por los judíos sefarditas de Tánger, usando de manera coloquial palabras que venían del árabe, el hebreo, el caldeo, el portugués, el francés y el inglés, con una sonoridad cosmopolita en la que Celia jr. creía reconocer un eco lejano del jucetino utilizado en algunos libros de su madre. Aunque los giros que todavía se utilizaban en el valle del Juzo, en vida de sus abuelos, a quienes no llegó a conocer, eran los últimos restos geológicos de una catástrofe ancestral, vagando, sin destino conocido, en el destierro sin fin del tiempo; mientras que Ángel se aferraba a la lengua de su infancia, en la sombrerería de su madre, con la misma fe ciega que ella, en el fondo, deseaba salvar a la suya del laberinto de la fama donde la sabía perdida, sin remedio.

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4 Responses to “CJC, Ángel Vázquez, Haro Ibars, Juanita Narboni, yaquetía, jucetino”


  1. […] A mi manera, Anales del alba es el proyecto de un poeta ¿ibero?, hacia el alba del último día, para su pueblo, presto a combatir con su palabra el saqueo y la destrucción de todo cuanto amó, enrolándose con los prófugos y revolucionarios perseguidos y crucificados en el Monte de los Olivos, pertrechado con el arma única de los apóstoles de la palabra. Mi CJC, la protagonista de La locura de Lázaro, escribe una novela en una lengua amenazada de muerte, el jucetino, embarcada en el mismo proyecto mesiánico de intentar salvar a su patria: de ahí las diferencias de CJC y CJC en la historia de Caína y sus literaturas. Sobre las relaciones entre el jucetino y la yaquetía ver CJC, Ángel Vázquez, Haro Ibars, Juanita Narboni, yaquetía, jucetino. […]


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  3. […] Mi Biografía NO autorizada de CJC [La locura de Lázaro], evoca las relaciones entre mi CJC, Ángel Vázquez, Eduardo Haro Ibars, Juanita Narboni, la yaquetía y el…. […]


  4. […] NO autorizada de CJC, La locura de Lázaro: CJC, el cine español y el destino de la Diva, CJC, Ángel Vázquez, Haro Ibars, Juanita Narboni, yaquetía, jucetino, CJC y algunas heroínas de Truffaut, Fellini, Visconti y Billy Wilder. Indisociable de su […]


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