La ruptura de CJC y Sender, tras la aventura del prostíbulo sadomasoquista

January 16, 2007

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Dos días después, en su casa de San Diego, tomando un aperitivo, antes de cenar, entre un escogidísimo grupito de amistades, Ramón Sender reía estrepitosamente, como un niño, escuchando a Celia contar con mucho detalle el incidente de su llegada triunfal a las dependencias del departamento de literatura contemporánea de la UCLA, en Westwood. Fatigada y ligeramente decepcionada por la acogida de sus conferencias, ante un público minúsculo, con un conocimiento muy dudoso de la lengua y los entresijos donde había florecido su obra, Celia se dejó llevar por su sentenciosa tentación de mofa y desprecio por cuanto desconocía; arremetiendo contra la demencial y espantosa trivialidad de los lugares y personajes que se veía obligada a frecuentar, sin entender que se esperaba de ella en unos seminarios apenas más grandes que el ascensor donde habían estado encerrados durante horas interminables…

… Tal experiencia se convertía, para ella, en la metáfora ideal de una vida absurda, manicomial, dominada por automatismos sonámbulos y fatales. Mientras Celia describía, con cierta ternura irónica, el malestar de Darío Jiménez de Sandoval, sofocado, al borde de un ataque de asma, caído en el suelo como un enorme animal herido e indefenso, Sender la escuchaba complacido; pero le parecía muy fuera de lugar sacar consecuencias generales de un accidente tan trivial, donde él advertía una huella pasajera y palmaria del posible triunfo final de los hombres libres, allí donde Celia concluía en la evidencia del triunfo bien inmediato de las máquinas colonizando la tierra de los últimos hombres, convertidos en ratas.

Los pocos invitados de aquella cena (el rector Pnin, Darío Jiménez de Sandoval, el profesor Claudio Pelegrín, que terminaba por entonces su célebre estudio sobre Luis Cernuda, Gloria Brennan, que preparaba un ensayo sobre la correspondencia amorosa de Pedro Salinas, y Lolita, hastiada, entre aquellos vejestorios; embriagada por la hierba que fumaba, ajena al rumor de vasos y pasos del que se había alejado, sin decir palabra, para instalarse en la terraza, sola, contemplando con los ojos en blanco la noche estrellada que caía sobre todos ellos), los allí reunidos, por azar, entre una colonia de expatriados muchísimo más vasta, comprendieron de inmediato la evidencia fatal de un choque de caracteres, que parecía preludiar la tormenta de lluvia y granizo que no tardaría en caer, al final de la cena, antes de los postres. Resbalando, involuntariamente, o dejándose llevar por el deseo irresistible de herir, a ciegas, sin prestar atención a la sensibilidad del resto de los invitados, Celia se dirigió a Sender confesándole que no podía entender como un hombre que había conocido, de primera mano, el desastre de Annual, y era el autor de la Crónica del alba, podía acomodarse a vivir entre aquellos cementerios de automóviles, perdido en aquel desierto iluminado con luces de neón y carteles publicitarios, aceptada la paz letal de aquellas pesadillas de aire acondicionado… Sender fingió que daba un sorbito a su copa de vino, picando, indiferente, un trozo de fresa de la tarta congelada del postre que llegaba. Pero el silencio del resto de los comensales parecía subrayar la inminencia de su respuesta; que llegaría, con mucha calma y parsimonia, antes del pedrisco, los rayos y truenos con los que concluyó aquella velada fallida. Ante el mutismo inquieto del resto de los comensales, Sender no hablaba con nadie rememorando su infancia, su adolescencia y juventud gloriosas. Ni hacía reproches contra nadie recordando los sucesos y el fin de la familia Seisdedos. Solo había piedad repitiendo los nombres de los caídos, en Annual, en el frente de Madrid, en la Barcelona del 37, en la batalla del Ebro, en el campo de los almendros, durante la travesía de los Pirineos, en las desérticas playas de Collioure, Argelés y St. Ciprien. Hasta que terminaron por brillar los ojos del náufrago que llegaba, solo, proscrito, en la balsa de madera que terminaba por alcanzar las playas desérticas del sur de California.

… Celia, concluyó Sender, iluminado por la cólera, era una hija de la gran puta, que no podía entender nada y debía marcharse, no volver a su casa, nunca, jamás. En pie, sin que el rector Pnin pudiera contenerlo, Sender gritaba como un poseso, asustando a las ratas que se apresuraban a huir de un barco que se hundía en el océano del tiempo, dejándolo solo, de nuevo, al timón de la nave de sus muertos, rumbo a la eterna oscuridad sin orillas.

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6 Responses to “La ruptura de CJC y Sender, tras la aventura del prostíbulo sadomasoquista”

  1. manú Says:

    Gracias por dejar su comentario en mi “rinconcito”. Es un sitio modesto e íntimo,al que siempre será bienvenido. Su último libro, me llegará pronto (después de tanto tiempo, me parece hasta mentira) y espero disfrutarlo tanto como con esos pequeños trocitos que dejó aquí.
    Muchísimas gracias !!!!!!!!!!

  2. biocjc Says:

    Manú,

    Gracias a ti, claro.
    Avanti!!

    Q.-


  3. […] Ese volumen incluye La verdadera vida de Sebastián Knight, Barra siniestra, Lolita [“… luz de mi vida, fuego de mis entrañas. Pecado mío, alma mía, Lo-li-ta..”, etc.] y Pnin. ¡Que de emociones e intactas pasiones! Mis Escritos de VN fueron un temprano y lejano homenaje al Maestro. Pnin es el apellido del profesor de mi Locura de Lázaro testigo de la ruptura de mi CJC y Sender, tras la aventura del prostíbulo sadomasoquista. […]


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