Desafortunado encuentro de CJC y Cortazar

July 15, 2007

CJC y Julio Cortazar se cruzaron durante un cóctel literario, en Gallimard, con motivo de la presentación de la traducción francesa de La almadraba / La colmena, publicada en la legendaria colección que introdujo a Borges en París.


Sin embargo, en la cúspide de su fama, mi CJC consideraba a Cortazar un rival temible, caída mi heroína en el torbellino de las pasiones cainitas. Este es último recuerdo de un desafortunado encuentro, en el capítulo…

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En la cúspide de la fama, reconocida y estudiada su obra en las grandes universidades americanas, citada en ocasiones como candidata presumida al premio Nóbel, vilipendiada en su patria (donde muchos de los honores recibidos reposaban en un penoso malentendido: eran los aplausos desalmados de una plebe que solo admiraba y reía las gracias hampescas de su talento histriónico, desconociendo e ignorando la naturaleza genuina de su obra), repudiada por la gran mayoría de los escritores más jóvenes, que sólo veían en ella un ser descomunal, pantagruélico, temido, odiado, envidiado, cuya gloria luciferina se había forjado en los herrumbrosos años de hierro de la dictadura, Celia se sabía dueña y señora de inmensos territorios inmateriales, repoblados con sus patibularios seres de ilusión, entre quienes había muchos parricidas, locos, asesinos, enfermos incurables, bobos de misericordia, apaleados y muertos de hambre; aunque sus toreros fracasados, sus verdugos, sus niños tísicos y sus putas de rastrojo no colmaban todas sus insatisfechas ansias de amor. Ni la gula, ni los escarceos sin mañana de algunos viajes, ni un matrimonio finalmente aborrecido, habían podido aliviar la fiebre de una sangre ardiente, corriendo por las tuberías de un cuerpo averiado por la obesidad, capaz de abandonarse a ciertas locuras domésticas, para intentar satisfacer algunos vicios que habían terminado por conducirla hasta una tierra de nadie, donde merodeaban peligrosas alimañas.

Corrieron muchos rumores sobre los apetitos más íntimos de Celia. Y Ramón Picazo quizá aludía con inquietud a esa parte todavía desconocida de la vida de su esposa. Pero la obesidad de la académica ilustre daba un matiz grotesco a todas las historias que podían imaginarse sobre su presumida furia sexual. Su barriga se había inflado como una vejiga enorme, que ocultaba por completo la rala mata de pelo de sus partes pudendas y aun le colgaba hasta los muslos. Sus pechos estirados como ubres de una vaca mal alimentada le colgaban sobre el vientre deforme, obligándola a caminar con una lentitud de plantígrado herido y sin rumbo. Denegridos los labios y los dientes, a consecuencia del tabaco y una higiene muy sumaria, su rostro de piel pajiza podía recordar, cuando reía, con carcajadas de bruja, a la Montiela del Diálogo de los perros, capaz de convertir a los niños en canes abandonados a su triste suerte de animales ventrílocuos, sin amo ni conciencia. Solo en sus ojos brillaba la luz de un faro perdido entre dos brumosas cuencas agrietadas, intentando iluminar el rumbo perdido de la vida de aquella mujer, cuya alma sufría y se debatía contra las garras de sus demonios, extraviada en un cuerpo que se había convertido en un infierno en vida, víctima de sus apetitos desordenados. En pie, apenas podía caminar unos minutos, aquejada de un cansancio enfermizo. Sentada, le dolían todos los huesos de su espalda maltrecha. Acostada, durante el día, contemplaba con pavor el paso de las horas; y, durante la noche, el insomnio la perseguía con pesadillas infinitas.

Su hija no podía socorrer las tribulaciones de su corazón. Y sospechaba que su esposo solo deseaba atormentarla. Gracias a Celeste Elicia, cada una de sus palabras encontraba comprador en muy distintos mercados. Extinto el fuego fatuo con el que se lanzó, con mucho éxito, Oficio de difuntos, la redacción de Mientras agonizo (2) se vería perturbada por el atractivo saturnal que los escándalos pasados, presentes y venideros tendrían para el mundillo carnívoro de las revistas del corazón. Sus médicos le aconsejaron una dieta más equilibrada, alguna forma de ejercicio físico, y, sobre todo, caminar, evitar, por cualquier medio, una reclusión que era una tumba. Cuando ya solo le serían inútiles y perniciosos, Celia descubrió los discretos encantos de la vida de sociedad. Atado con una cuerda muy corta, Ramón volvió a servirle de lazarillo en cenas y fiestas donde Celia aceptaba presentarse como invitada de honor, aquejada con mucha coquetería de infinitas dolencias; imponiendo a sus anfitriones la disciplina de su régimen, muy estricto, suavizado con la obligada maledicencia contra sus infinitos adversarios. En aquellos ágapes nocturnos, entre gentes de dinero recientísimo, era de buen tono lucir joyas de brillo chillón, y aplaudir con risotadas las ocurrencias con las que Celia gustaba ajusticiar de manera muy sumaria a sus rivales, diciendo que Cortazar o Juan Benet eran muy aburridos; cuando no contaba obscenidades de muladar sobre figurones públicos a la moda.

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5 Responses to “Desafortunado encuentro de CJC y Cortazar”


  1. […] Biografía No autorizada de CJC. Desafortunado encuentro de CJC y Cortázar. […]

  2. Yosef C Says:

    Exhausto termino La locura de Lázaro, insólito retrato, amarga Caína, pestes que aún se llevan en esta piel de toro. Así no es de extrañar el escaso eco que los suplementos especializados le han prestado a tu novela. Felicidades.

  3. JPQ Says:

    José Carlos,

    Gracias Mil… la verdad es que la cosa tuvo ecos diversos. Mucho y bien en algunos lugares. Silencio sepulcral en otros. Nobody’s perfect.

    Gracias..

    Q.-


  4. […] Desafortunado encuentro de CJC y Cortazar. […]


  5. […] años más tarde conté la historia de un Desafortunado encuentro entre Cortázar y CJC en mi Biografía NO autorizada de CJC, fruto de mi respeto, simpatía, cariño y gratitud […]


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