Lázaro y la locura de la primavera

August 22, 2007

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Así, la demencia de las semillas de la tierra y la folía de la humana simiente volvían a trabarse con lazos inextricables en la oscuridad de la besana abierta por el arado de aquel hombre, aquejado, a su turno, de la locura de estar vivo y tener la esperanza de levantar la piedra funeral de su sepulcro, tras desentumecer su cuerpo aterido por los ungüentos mortuorios, rasgar el lienzo de su mortaja y ponerse en pie, como un resucitado, presto a salir de su tumba, en busca de la agonía de vivir…


… Lázaro Noval conocía el resultado final de la infructuosa batalla perdida una y otra vez por quienes le precedieron y habían intentando redimir aquellas tierras dejadas de la mano de Dios, para perecer en el intento. Sabía de la sal que infectó la única mina de agua, ya casi seca e insalubre. Y conocía los efectos insanos del bramido del viento azotando las ramas de los acebuches, durante las frías noches de invierno. Nadie en su sano juicio se había quedado en aquellas parameras, si no era maniatado por la pobreza, las deudas, o la incapacidad de los vivos, llegados a cierta edad, de romper el cordón umbilical con el que los muertos intentan atarlos ya para siempre a la fosa común. Incluso la resistencia estéril de los acebuches era un acto de demencia inútil, con el que aquellos olivos silvestres afirmaban la supervivencia, amenazada, pero todavía con vida, en cuarentena, de unas semillas caídas y fecundadas por azar en una tierra inhóspita, donde la mano del hombre había conseguido hacer crecer algunos magros frutos. Palmo a palmo, Lázaro conocía los límites de aquella tumba, florida con el sudor, el esfuerzo y la vida entera de sus antepasados, gastada entre los áridos bancales donde, año tras año, los almendros volvían a florecer, a primeros de febrero, vistiendo el valle con el albo rosáceo de sus flores, frágiles y quebradizas, prontas a morir, tras una nueva noche de helada.

El notario de Poncia le contó a Lázaro que Celia jr. había enloquecido, a las pocas semanas de saberse desheredada y repudiada por sus padres; pero las últimas voluntades de Celia Jiruña Carón habían sido manuscritas mucho tiempo atrás, y parecían obedecer a una conjura largamente madurada; como si, donando aquellas tierras dejadas de la mano de Dios, la difunta hubiese deseado desprenderse de una pesada carga ancestral, una culpa sin posible redención, de la que solo podría liberarse con la muerte. Aunque no se le escapaba a ninguno (al notario, porque bien a las claras estaba la demencia funesta de los Carón; a Lázaro, porque sus más íntimas ilusiones de llegar a fundar una familia, crear y sacar adelante un hogar, en aquel lugar, tampoco le ocultaban completamente la locura insensata de tan fútiles esperanzas, en las que reconocía un rasgo de debilidad familiar), ni podrían olvidar nunca, que la voluntad última de donar las tierras del Hondo entrañaba un profundo misterio manicomial; vestigio, quizá, de un accidente tan impenetrable como el misterio de la flor del almendro, año tras año convertida en ceniza amarillosa, al pie de su árbol, víctima ritual de los últimos fríos del invierno, desde hace siglos, desde tiempo inmemorial; y cada año florida, de nuevo, frágil y quebradiza, como el cuerpo de una virgen loca, para volver a vestir el valle con el manto alborosáceo, oloroso a miel y espliego, que nos anuncia la llegada de otra primavera.

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One Response to “Lázaro y la locura de la primavera”


  1. […] Escribiendo la biografía de mi CJC, en el marco de la historia general de Caína, percibo la locura de Lázaro indisociable de la locura de la primavera, el más cruel de los meses, la locura de la resurrección de la vida, floreciendo con infinitos riesgos, tras la noche invernal: Lázaro y la locura de la primavera. […]


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