CJC recibe la noticia del Nobel. El jucetino, una lengua desaparecida…

January 27, 2008

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Inconcluso el cigarrillo con el que saborearon los últimos instantes de soledad, Iñigo advirtió asombrado como volaba el tiempo. Debía convocar con mucha urgencia al peluquero. Darían cita a la prensa a primeras horas de la tarde. El mayordomo anotaría el rosario incesante de llamadas, mientras él daba una ducha rápida a Celia, sentada en una bañera recomendada calurosamente por su médico de cabecera, convencido que los masajes y chorros de agua caliente eran de alguna utilidad para entretener la ilusión de una improbable cura del mal de los huesos de su paciente.

A la salida de la ducha, Celia reclamó un café y una copita de coñac; para sentarse, de nuevo, en el sofá donde la manicura y el peluquero debían acicalarla con los afeites de una reina de opereta, presta a subir a su trono. Celoso, pero cortesano, Iñigo prometió que solo la molestaría con las llamadas imprescindibles. Desde Poncia, Ramón Picazo había llamado repetidas veces: pero no era momento de reabrir la caja de los truenos familiares. Según el mayordomo, la señorita Celia (Celia jr.) solo llamó una vez, sin dejar ningún recado: era comprensible que una joven despechada se sintiera ofendida. Aunque Iñigo temía un estallido imprevisible, un gesto dañino y mordaz.

Mientras el peluquero intentaba contener con laca la barroca composición artificial construida con su cabello, ya muy cansado y ralo, completamente cano, pero tintado de plata cenicienta, Celia comenzó a atender con parsimonia las primeras llamadas protocolarias, bromeando con displicencia sobre su salud, sobre su carrera, sobre la condición femenina, sobre la infinita incomprensión hacia Baroja, Azorín o Valle-Inclán, que fueron sus primeros maestros; a quienes Celia rendía homenaje, cuando alguno de sus interlocutores telefónicos, comenzando por el Rey, utilizaron palabras grandilocuentes para referirse a una obra que ella había construido con tanto dolor y esfuerzo, y comenzaba a escapársele de las manos, convertida en un árbol de hoja perenne, de frutos relucientes, embriagadores, degustados con delectación solitaria; a sabiendas del venenoso sabor agrio y la podredumbre que podía ocultarse tras la piel más tersa y seductora.

Entre los colegas académicos, idos Dámaso y Gerardo Diego, nadie podía suplirlos en su afecto respetuoso. Pero la llamada oficial de Alonso Zamora Vicente tenía para Celia otro motivo de agradecimiento: el secretario perpetuo de la institución también era el autor del primer estudio filológico sobre el jucetino, la oscura lengua original del valle del Juzo que ahora recibía un homenaje tan solemne, tras haber vegetado, durante siglos, en un limbo agonal. Entre sus relaciones más antiguas, aquellas que perduraban desde el fin de la pubertad, iniciadas, la mayoría, en el colegio del que fue expulsada, por oscuras razones, tiempo ha olvidadas, solo Ana María Matute le había sido fiel, a pesar de las separaciones y la distancia, y volvía a llamarla con afecto sincero; como sinceras eran, a su manera, las lágrimas de Celia, escuchando la voz serena de una mujer madura, de su edad, que preservaba, intacta, la gracia de cuando eran unas chiquillas y se habían disputado creyendo que serían eternas las razones de un conflicto que terminó por unirlas con los lazos indisolubles de las amistades y amoríos adolescentes.

Celia apenas tuvo tiempo para comer una tortilla francesa, con una copa de vino tinto, seguida de dos cafés, muy cortos, cuando el vestíbulo inmenso del Encinar comenzó a llenarse de una turba anónima de periodistas, ansiosos por recoger sus primeras impresiones, tras conocer la noticia del galardón. Encopetada, erguida, con los labios muy pintados de rojo escarlata, Celia entró majestuosa en el salón principal de su propia casa, dispuesta a dar una breve lección magistral de mujer de mundo; generosa con sus rivales, agradecida con la Academia sueca, hiriente con un ministro de cultura que parecía ignorar el acontecimiento del día; y muy feliz por anunciar su nuevo matrimonio, despertando una ola de estupor mucho más escandalosa que su premio Nóbel.

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2 Responses to “CJC recibe la noticia del Nobel. El jucetino, una lengua desaparecida…”


  1. […] En mi Biografía NO autorizada de CJC [La locura de Lázaro] rendía otro tipo de íntimo homenaje: el día que mi CJC tuvo noticia de su premio Nobel, mi escritora recibió una llamada telefónica de Alonso Zamora Vicente, precisamente, que “… tenía para Celia otro motivo de agradecimiento: el secretario perpetuo de la institución también era el autor del primer estudio filológico sobre el jucetino, la oscura lengua original del valle del Juzo que ahora recibía un homenaje tan solemne, tras haber vegetado, durante siglos, en un limbo agonal.” [CJC recibe la noticia del Nobel. El jucetino, una lengua desaparecida…]. […]


  2. […] CJC recibe la noticia del Nobel. El jucetino, una lengua desaparecida…. […]


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