Boda secreta de CJC, en París

April 28, 2008

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La monótona señal plana de un teléfono descolgado no indicaba la hora exacta en que Celia y Laure pudieron interrumpir su conversación; pero si parecía sugerir a Ramón, al despertarse, escuchando la lluvia, mansamente, sin cesar, en el patio desde donde entraba una tímida luz perlada, finísima, el descuido, el abandono, con que Celia había estado cuchicheando, a sus espaldas, mientras dormía, extraño, ajeno y muy lejos del oscuro mundo que había entrelazado la vida de las dos amigas de manera tan inextricable…


[ .. ]

… Mundo al que continuaban atadas, quizá, por los invisibles lazos innumerables que amortajaban y fruncían el ceño de Celia, dormida, reflejando, involuntariamente, un nudo de conflictos y pasiones contra las que nada podía un hombre solo, dispuesto a desposar a la madre de su hijo, para darle familia y cobijo, cuando, ahora lo comprendía, también él necesitaba encontrar una morada propia, antes que el aguacero que caía, inmisericorde, llegase a calar hasta las paredes desnudas de su corazón. Pero la lluvia no cesaba ni dejaría de caer, nunca. Celia terminó por despertarse y buscar refugio entre sus brazos, cuando el teléfono volvió a sonar, para advertirla, a través del recepcionista, aleccionado por Laure, que diluviaba; y el camino, muy corto, entre la alcaldía y la iglesia de Saint-Sulpice, sería como atravesar un torrente, a nado. El taxi que los condujo desde el Hôtel du Pont Royal hasta la rue Bonaparte, donde los esperaba Laure, acompañada de Miguel Pérez Ferrero, intentando cubrirla, con un minúsculo paraguas rojo, ante la puerta de la alcaldía, dio una vuelta interminable; como si conducirlos hasta aquel lugar fuese un obligado calvario, que debían sortear antes de jurarse respeto y amor eternos, con una ceremonia y sacrificio que les prometería la redención de la nueva vida que llegaba; pero que comenzó con un estallido de lágrimas de Laure. Lágrimas de alegría, dijo, abrazando a Celia, muy fuerte, cuando concluyó la primera y brevísima ceremonia civil, y tuvieron que atravesar, a pie, bajo la lluvia, la plaza de Saint-Sulpice, sorteando la fuente y las estatuas, desnudas de palomas.

Alegre y confiado, a pesar de la lluvia, Miguel Pérez Ferrero no pudo evitar los recuerdos. Él ya había visitado aquella iglesia, acompañando a don Pío, a don Antonio Machado y a su hermano Manuel, que vivió en los alrededores, en la misma calle donde Scott y Zelda Fitzgerald alquilaron un piso, muy próximo del hotel donde se suicidó Joseph Roth y fue escrito El árbol de la ciencia, años después que allí floreciesen los versos del árabe andaluz con un alma de nardos, tan cerca de la calle donde vivió y murió Marga, la divorciada solitaria, la mujer que el autor de Senos amó de manera intermitente. De todas aquellas historias no quedaba nada. Solo las inmensas columnas barrocas de Saint-Sulpice los protegían contra la lluvia. Entrando, al fin, a la derecha, el Ángel y el Jacob de Delacroix proseguían su lucha eterna. Sin saber que citaba a Baudelaire, involuntariamente, apenas preocupada por la tímida luz cenicienta, tamizada por la lluvia, impidiéndole lucir su toilette, Laure no pudo contener su inquietud ante aquel combate; comentando, con miedo, que los colores quejumbrosos y lastimeros de aquella escena no tenían el encanto y el brillo atractivo de las cosas que se compran y se venden con la moda (atraída, sin poderlo remediar, por la bisutería, las joyas falsas y los lujosos mantos, esmeralda y verde carmesí, copiados de Veronese sin arte, convertidos en máscaras mortuorias, reproducidos en serie). Celia, cogida del brazo de Ramón, abría la minúscula comitiva, fingiendo no oír a su amiga, para no reír, o llorar, con unas ocurrencias tan alejadas del sacrificio que ella se aprestaba a consumar, de rodillas, ante un altar al que llegaba libremente, para atarse a un hombre al que no sabía si amaba pero había sido el único ser capaz de cuidarla, estar a su lado, cuando todo se hundía a sus pies y él si supo como protegerla de sus demonios suicidas. Cuando pasara el tiempo (desde el día siguiente, cuando, en el tren, de regreso hacia Caína, de nuevo, comenzara a preguntarse como escapar a aquella pesadilla), sin embargo, descubriría que su conflicto interior de noches pasadas había quedado para siempre asociado a los colores quejumbrosos de aquella pintura tardía de un hombre acosado por los dolores de la edad y del alma; reflejando su propio tormento físico, luchando, durante toda una noche, interminable, contra un ser invisible que había aceptado el desafío, suave, tranquilo, sin permitir que la cólera alterase las formas divinas de su figura angelical.

Combate de una mujer insomne, luchando con sus recuerdos, sus deseos, su deber, sus promesas; forcejeando con su ángel custodio, quién, a través de su atormentada conciencia, algo le dijo que no había llegado a entender y todavía tocaba su rostro de novia conducida al altar con el maquillaje lastimero que Laure había discernido en las alas del Ángel de Delacroix, sin saber de que estaba hablando.

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2 Responses to “Boda secreta de CJC, en París”


  1. […] Esa plaza que fue un oasis de paz, cercado por la algarabía nocturna, ha sido históricamente una importante encrucijada cultural española. Allí vivió Josep Pla, allí escribió César González Ruano su libro sobre Baudelaire, allí se casó la escritora Celia Jiruña Carón, teniendo como testigo a un corresponsal de ABC, Miguel Pérez Ferrero. [Boda secreta de CJC, en París]. […]


  2. […] Boda secreta de CJC, en París. ● Picasso seduce, viola y profana a CJC. ● Desfloración de Celia jr. ● Así llegó Lolita a […]


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