Vieja amistad de CJC y el pintor Antonio *.

June 4, 2008

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Víctor de la Serna, Armario y Umbría tenían, cada uno de ellos, buenas razones para guardar el secreto doloroso de una mujer a la que respetaban, por muy distintas razones. En su juventud, cuando su padre lo inició a los arcanos del periodismo, Víctor había admirado la prosa de las primerísimas crónicas de sociedad de la joven Celia de su época; y deseaba conseguir para el nuevo Informaciones, dirigido por su hermano Jesús, una colaboración semanal de la ilustre académica…

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… Armario había sido el primer editor de varios de los libros más justamente famosos de Celia, e intuía que Caína, 1936 sería un aldabonazo. Llegado años atrás al café Colón, Umbría ya piafaba por recibir premios y honores académicos, trepando, como podía, en la selva urbana de Caína. Celia creía compartir con ellos ciertas complicidades, sin deberles servicios cortesanos, como le ocurría con Marañón, el gran artífice de su ingreso en la Academia; ni tener la callada intimidad que une a los artistas que comenzaron su carrera por la misma época, en el mismo lugar, como le ocurría con Antonio Ruiz. Aunque ella conociese, como nadie, el abismo que los había separado, desde que se conocieron, en el sanatorio de Cerrillos del Torce, donde a él, el 24, lo ataban con correas a su cama metálica, cuando su única locura era intentar aprender a pintar el frágil esplendor de la flor de los cerezos; mientras ella languidecía, cada tarde, en la terraza de la clínica, contemplando el resplandor lejano de las luces de Caína, la ciudad que ella pondría a sus pies, como una furcia que se compra con dinero.

Antonio conquistó Caína con sus vistas panorámicas de la ciudad, contemplada desde la terraza de algunos grandes edificios, cuya perspectiva le permitía construir una visión olímpica del laberinto urbano, tocado por el albo rosado de una luz cenital que quizá era, en verdad, el tema central de sus composiciones: el esplendor de la luz vistiendo todas las cosas con la gracia de una arquitectura celeste, redimiendo la pequeñez atormentada de una ciudad vencida por sus demonios. Ni la portada de Time ni el contrato de la Malborough, consagrándolo como una respetada figura internacional, sacaron a Antonio Ruiz de su estudio, en las afueras de Colmenar de Gredos, cuya modestia impresionó a Celia, durante su primer reencuentro, con motivo del proyecto, parcialmente fallido, de la primera edición ilustrada de su Viaje a Poncia. Admirando el arte de Antonio (cuya condición apolínea no estaba exenta de una angustia sofocada en el trabajo diario: ella conocía el dolor físico del joven artista atado con correas de cuero a su cama de sanatorio, cuando el aprendizaje de su arte corría parejo a una enfermedad de los nervios), Celia había tomado el camino inverso. Antonio contemplaba con amor las cosas y los seres más humildes… la cuna de su niña recién nacida; su casa encendida; las luces de la ciudad, hacia el alba. Por razones que desconocía, Celia había comenzado por advertir que sus primeros cuadernos juveniles se poblaban de chillonas aves nocturnas, la infame turba de lisiados y seres tullidos por la vida, perdida el alma y caídos sus cuerpos en infames lugares de solitaria agonía. La almadraba donde se fundaba su merecida gloria no era una colmena laboriosa, si no una trampa donde se perdían, como atunes desnortados, bandas errantes de seres humanos condenados al sacrificio sin redención, que era la ley del triunfo en Caína.

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