CJC recibe la noticia del Nobel en el lecho de amor

October 9, 2008

[ .. ] De hecho, el inesperado anuncio de la concesión a Celia del premio Nobel de literatura dejó al descubierto la naturaleza endemoniada de muchos de los seres que gobernaban en los destinos de Caína, por aquellos años. [ .. ]

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[ .. ] El primer eco, todavía lejano, pero ya muy firme, llegó al Encinar a través de una llamada de Celeste Elicia, alertada por un colega neoyorquino de un rumor que no dejaba de crecer, con aparente fundamento. Su ya vieja cazurrería pueblerina aconsejó a Celia la mayor reserva, a la espera de acontecimientos. Mientras Iñigo era víctima de un ataque de celosa angustia: hacía meses que continuaba estancado el proceso de la separación de Celia; de hecho, él no era nada ni nadie, legalmente, ante el peso fatal de una hija y un esposo que, llegado el momento crucial, reclamarían sus derechos, que nadie podría negarles. Iñigo consumía su juventud entregado a una causa cuyo objetivo último podía escapársele en el instante definitivo. Cuando, una luminosa mañana de otoño, el secretario de la Academia sueca, al teléfono, pidió hablar personalmente con Celia Jiruña Carón, en bata y despeinada, todavía, a aquellas horas de la mañana, tras una noche de insomnio, Iñigo comprendió que la bola de la suerte estaba echada. Sería en las próximas horas cuando se decidiese su destino. El telegrama oficial llegaría unas horas más tarde. Recibida la noticia con silenciosa solemnidad, Iñigo consiguió hacer aflorar unas lágrimas, de alegría, dijo; gracias a las cuales pudo convertir la emoción del momento en ceremonia sacrificial: la matrona, turbada, acogía en su seno al hijo más querido, ofreciéndole el consuelo protector de su pecho, tan inmenso como la gloria cuyo manto de armiño los cubría a ambos.

Consciente que no debía perder un segundo, hasta conseguir sellar un pacto definitivo, Iñigo descolgó todos los teléfonos de la casa y aprovechó que Celia continuaba en bata para conducirla hasta la cama de su dormitorio, dispuesto a consumar un homenaje urgente que la ilustre académica consideraba innecesario, humillante e impropio de la hora; pero al que terminó rindiéndose, atraída por la energía con que aquel mulo joven se obstinaba en montarla, con tanto apremio, para darle la prueba suprema de una sumisión total. Tras cerrar, a su paso, todas las puertas del pasillo, y advertir al mayordomo y la cocinera que no estaban para nadie, Iñigo se tomó una copita de licor, antes de zambullirse en la faena mejor recompensada de su vida. Con la impudicia de un profesional avezado y la ayuda eficaz de dos gotitas de glicerina, hizo brillar sus ojos con lujuria, indiferente el doloroso espectáculo de aquel cuerpo inmenso, inmóvil, semejante al de un cetáceo arponeado sin maestría, a la espera de algún estímulo bucal que pudiera despertarlo de su sonambulismo vegetal, sin mañana. Temerario, a sabiendas que su vida toda se jugaba en aquel sacrificio, Iñigo se sirvió de la locuacidad más lúbrica para apoyar con palabras una laboriosa mecánica carnal, que solo podía acarrear el desencanto, si no se recurría a la linterna mágica de la imaginación. Perdida en su propia nube sin rumbo, Celia se dejaba hacer, satisfecha, si no conmovida, admirada al contemplar como el desierto cerúleo de sus carnes fofas, frondosas y esquilmadas por el dolor, todavía podía servir como recipiente, ya para siempre insatisfecho, de una pasión tan inútil y desordenada. Hasta que, aburrida, decidió poner fin a las estériles tribulaciones de su amante, aliviándolo con su boca; sin placer para ninguno, pero consolados ambos con una libación mecánica.

Ay, cielo, nunca he sido tan feliz, dijo Iñigo, con hipócrita gratitud: su mentira cínica ocultaba una verdad cruda. La ausencia inmediata de placer quedaba suplida por un juramento de fidelidad. Humillándose, para satisfacer su capricho, repentino, sádico, brutal, Celia quedaba ya para siempre atada a la soga muy corta de sus deseos. Iñigo velaría porque su gloria resplandeciese muy alta. Él oficiaría de perro guardián de la casa donde sería coronada con el laurel de los honores debidos a su rango. Nadie se interpondría en el camino que los conduciría a un destino que era únicamente suyo y habían ganado con tantos sacrificios. Instalando a Celia en un pedestal marmóreo, Iñigo se reservaba un puesto de cancerbero solitario. Ida la ilusión de la carne, los hilos de la vanidad tejían sobre Celia una tela de araña tan cruel como los fantasmas incumplidos de la lujuria. La locura de Lázaro.

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