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Dos días después, en su casa de San Diego, tomando un aperitivo, antes de cenar, entre un escogidísimo grupito de amistades, Ramón Sender reía estrepitosamente, como un niño, escuchando a Celia contar con mucho detalle el incidente de su llegada triunfal a las dependencias del departamento de literatura contemporánea de la UCLA, en Westwood. Fatigada y ligeramente decepcionada por la acogida de sus conferencias, ante un público minúsculo, con un conocimiento muy dudoso de la lengua y los entresijos donde había florecido su obra, Celia se dejó llevar por su sentenciosa tentación de mofa y desprecio por cuanto desconocía; arremetiendo contra la demencial y espantosa trivialidad de los lugares y personajes que se veía obligada a frecuentar, sin entender que se esperaba de ella en unos seminarios apenas más grandes que el ascensor donde habían estado encerrados durante horas interminables…

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El alejamiento de Celia jr. comenzó siendo ocasional, antes de convertirse en una afrenta dolorosa, para ambas, madre e hija. Durante un tiempo, que fue muy breve, volátil, y coincidió con su venturosa iniciación a la vida, Celia jr. encontró en las faldas del regazo materno todo cuanto necesitaba para ser feliz. De hecho, sus primeros antojos amorosos, los primeros hombres que la cortejaron, todos fueron amigos, conocidos, discípulos o admiradores de su madre, asiduos a las tertulias vespertinas del Encinar. Tomado el camino de una temprana independencia, Celia jr. pasó de mano en mano, como una moneda de bajo precio, creyendo ser ella quién elegía a sus compañeros de lecho, antes de terminar en una pensión muy modesta, a la incierta espera de ser capaz de liberarse de la tutela materna. En aquella casa de huéspedes coincidió con Eduardo Haro Ibars, que por entonces trabajaba en su estudio sobre Lou Reed y la nueva cosa neoyorquina de la época, y debía presentarle a Ángel Vázquez, que repetía en voz alta los monólogos de la perra vida de su Juanita Narboni y ejercería sobre ella una influencia de ángel tutelar.

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 El Sunset Hotel que había conocido Lolita, durante los breves semestres que estudió rudimentos de inglés, marketing, publicidad y escritura creativa, en Berkeley, todavía era un hotel anticuado e incómodo, cuyo principal encanto era la liberalidad de su dirección, aceptando a una clientela de paso que pagaba el precio de una habitación, una noche, por una hora escasa de penumbra y vaga intimidad, entre parejas de hombres o mujeres, en confusa promiscuidad, insensibles a una higiene muy rudimentaria, indiferentes al ruido incesante de los ascensores y la publicidad fluorescente del hotel, iluminando todas las habitaciones exteriores con las sombras de su intermitente luz roja. Con los años y el próspero florecimiento del comercio del sexo, en sus modalidades más variadas y peregrinas, el hotel había sido comprado por una cadena de establecimientos especializados en atender los caprichos de clientelas muy diversas…

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Ana María Matute es la única amiga de la infancia todavía fiel a mi Celia Jiruña Carón, cuando esta, ya muy madura, decidió casarse en segundas nupcias con un locutor radiofónico, tras recibir el premio Nobel, víctima, quizá, de unas fúnebres fantasías eróticas.

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Celia hubiera deseado dar a su segundo desposorio el barniz de una vida coronada con gloria. Pero todas sus amigas de infancia habían muerto, o eran unas ancianas cuya presencia, en una ceremonia nupcial, hubiera provocado muchas risas y chanzas…

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Desde el primer día intenté dejar claro las diferencias insondables que existen entre la vida real de Camilo José Cela y la vida imaginaria del personaje central de mi novela La locura de Lázaro, Celia Jiruña Carón: “La vida de mi Celia no tiene nada que ver con Camilo. Él si estaba cerca de las comedias bárbaras. Mi personaje viene de los cuentos de hadas revisitados por Nabokov”.

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El gran amor de mi CJC fue Laure Fokine, Lo-li-ta adolescente, actriz de gran talento que trabajó con Truffaut, Fellini, Visconti, entre muchos otros. Y terminó en una Costa Azul donde también agoniza la Fedora de Billy Wilder.

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Las relaciones de mi CJC con el cine español, el italiano (Visconti, Fellini) y el destino de algunas grandes divas (Sunset Boulevard) se esboza en el siguiente capítulo de La locura de Lázaro, entre otros:

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Leo con algún retraso este artículo de Ramón Jiménez Madrid, publicado en La Opinión [Murcia, 6 de octubre 2006]:

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Los colegas de RTL me invitan a participar [15 sep. 06] en un debate sobre el estado de las culturas europeas. Este fue el diálogo que me tocó en suerte:

-¿Cuál es el estado de la cultura española, hoy?

-En el terreno literario, creo que bueno. Hay buenos poetas, buenos novelistas, buenos críticos. Sin embargo, esa calidad importante del trabajo literario está parcialmente confiscada por las industrias de la incultura y las mafias filantrópicas, persiguiendo a los infieles.

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Vidas paralelas de CJC y CJC

September 7, 2006

Vanidad de vanidades..[ABCD las Artes y las Letras, núm. 761, del 2 al 8 de septiembre 2006]:

VIDAS PARALELAS DE CJC Y CJC

Juan Ángel Juristo

Confieso que cuando comencé a leer esta (1) novela de Juan Pedro Quiñonero no entendí la razón por la que el autor había puesto nombres ficticios apenas irreconocibles a lo que, a todas luces, me parecía una camuflada biografía de Camilo José Cela. Incluso pensé en ilustres biografías noveladas que pasaron por autentificar un nombre cuando todo era una invención, caso de Jusep Torres Campalans, de Max Aub, con que la que esta novela mantiene una oscura correspondencia justo por todo lo que tiene de contrario; es decir, todo aquí se dirige a algo que es tan real que casi podría documentarse y, sin embargo, consigue el ansiado lugar de ser pura ficción y gozar de una libertad insospechada.

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