Medro sin escrúpulos

March 14, 2006

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Jacinta consiguió de su hermano político (satisfecho, en definitiva, sin llegar a confesarlo, por haberse liberado sin esfuerzo de una responsabilidad que solo hubiera podido amargar de muchas maneras su infeliz existencia) la custodia provisional de Celia; sin atreverse a insinuar que ese ardiente deseo de posesión y dominio de una vida, en ciernes, pudiera estar ligado a ningún instinto maternal (que no correspondía, de ninguna manera, con su despecho de soltera vieja y estéril), ya que, en definitiva, ella solo deseaba utilizar a la niña como objeto y juguete con el que dominar, humillar y terminar sometiendo a sus antojos a un hombre solo, caído en los dominios de su tela de araña..

Jacinta rodeó a Celia de una numerosa cuadrilla de criadas, nodrizas y enfermeras, cuyos cuidados, a cualquier hora del día, harían más inoportunos los vanos deseos de un padre muy ocupado, que nunca encontraría el día ni la hora para estar, a solas, con una niña de tan cortísima edad, siempre necesitada de unas atenciones que mal podría concederle un juez de instrucción decidido a hacer carrera, a la sombra de la antigua influencia provincial de la familia de su fallecida esposa.

Cuando, finalmente, las conveniencias y el decoro aconsejaron que Cosme visitase más a menudo a su hija, en la casa familiar de los Carón, los breves minutos que llegaba a tenerla entre sus brazos, intentando, en vano, reconocer algunos rasgos propios, o de la madre, dejaban paso a largas sobremesas nocturnas, que Jacinta amueblaba con sutiles conversaciones, creía ella, sobre el deber y la piedad familiares; mucho más sagradas que las frívolas tentaciones de una juventud sin rumbo ni horizonte: ella estaba dispuesta a sacrificarse por su sobrina, decía, supliendo, en la medida de sus fuerzas, el imposible amor de una madre difunta.

Jacinta fingía alentar en Cosme la ambición de una carrera judicial que podía y debía llevarlo muy lejos. Sin miedo a la adulación y la hipocresía, le prometía ocuparse de Celia con el amor que hubiera deseado dar a los hijos que la vida le había negado, para su infortunio. Y llegó a dejar escapar unas lágrimas, en cierta ocasión, una noche de primeros de febrero, cuando, ida la servidumbre, creyó ver en los ojos de aquel hombre, que nunca la había deseado, un brillo turbador; como si la soledad forzosa y enclaustrada, en los pasillos carcelarios de las dependencias judiciales de una capital de provincias, comenzaran a dar sus agrios frutos, atormentando y azuzando los sentidos de la víctima hipnotizada de una víbora, disfrazada de soltera vieja.

Cosme Jiruña hubiera podido huir a la capital, para comenzar una nueva vida, otra carrera, con su hija. En verdad, el barniz de su cobardía ocultaba una avidez mucho más inmediata y rapaz. Sus viajes profesionales le permitirían satisfacer, a su antojo, las debilidades de la lujuria, lejos de la tumba del valle del Juzo. Pero la oscuridad impenetrable de un lecho, durante las frías noches invernales, en la meseta de Poncia, quizá pudiera iluminarse con el patrimonio, las joyas y las tierras de Jacinta Carón; hasta llegar a ofrecer a la nervuda fisonomía caballuna de su cuñada el discreto encanto obsceno de los caprichos más inconfesables, cubiertos por el manto sombrío de una ambición de medro sin escrúpulos.

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