Las flores tempranas de los almendros

March 22, 2006

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A sabiendas que su madrastra leería y censuraría todas las cartas dirigidas a su padre, Celia aprendió muy pronto el arte de una calculada hipocresía, contando y callando de su vida, con mucho arte, aquello que deseaba ocultar o iluminar para intentar cambiar una suerte a la que estaba atada, por el cuello, con la soga muy corta de la disciplina y los horarios del internado…

… Su padre no alcanzaba a discernir gran cosa en los artificios verbales de una niña cuya sensibilidad enfermiza parecía muy alejada de la seca prosa formularia de los procedimientos jurídicos. Mucho más sutil en las cosas endemoniadas, su madrastra si adivinaba en la prolija correspondencia de Celia el forcejeo desesperado de un pequeño y frágil animal que se angustia intentando forzar y escapar de la celda donde está encerrado. Jacinta Carón aprovechó un viaje a la capital, en compañía de su esposo, para hacer una visita de cortesía a la madre superiora del internado, instándola a ser mucho más severa, para intentar conseguir que Celia terminase siendo una alumna ejemplar, al fin de una adaptación que tardaba en llegar. Fue aquella mañana gris y lluviosa cuando la madre superiora se vio obligada a contar intimidades que no podían hacerse públicas sin escándalo. Celia había sido sorprendida, en los lavabos, llorando, presa de convulsiones histéricas, los labios trémulos, en brazos de una condiscípula. En su armarito individual se sabían escondidas imágenes y fotografías de actores de cine, ocultas y confundidas entre estampas piadosas. Celia escribía a las golondrinas unas oscuras cartas donde trataba de brujas y arpías a varias hermanas de su orden, mofándose de su confesor en unos términos cuya obscenidad blasfema denunciaba a una niña poseída por el demonio.

Sin sorprenderse por los hábitos endemoniados de una niña que ella misma había sacado, con sus manos, del vientre enfermo y muerto de su madre, Jacinta le anunció a la madre superiora de aquel internado que su esposo y ella se tomarían un periodo de reflexión, antes de anunciarle una decisión forzosamente grave; pero invitó a la religiosa a castigar y reprimir con más rigor a una niña que pronto sería mujer, para desdicha e incertidumbre de quienes la rodeaban, si no conseguían extirpar con prontitud los demonios que parecían haber poseído a Celia, con su nacimiento. Cosme Jiruña no compartía la inquieta severidad de la madrastra de su hija. Incluso llegó a interceder por ella, cuando, cumplida su tarea y comisiones, en Caína, se dirigió a Jacinta pidiéndole que intentase comprender la soledad de una chiquilla que sufría sin saber como ni porqué caía sobre ella la grave responsabilidad de vivir y educarse en la soledad y el dolor. Jacinta guardó silencio, con una sonrisa helada que cubría su pálido rostro y sus labios morados con el frío de su corazón de piedra, mientras atravesaban las solitarias llanuras que la nieve tardía había cubierto con su gélido manto; como si las cosas del cielo también hubieran deseado helar las flores tempranas de los almendros, impidiendo que floreciese ninguna nueva cosecha en aquellas tierras esquilmadas por un invierno atroz. Hundido, al volante del automóvil heredado del patriarca de los Carón, Cosme parecía confiar que el destino endemoniado de su hija le permitiría, a ella, al menos, escapar a la tumba, de por vida, a la que él regresaba; creyendo cumplir con su deber, cuando, en verdad, el confort de su situación era el fruto maduro y podrido de su resignada cobardía.

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One Response to “Las flores tempranas de los almendros”


  1. […] En nuestro tiempo, los bulderos de nuestra más honda tradición hampesca comercian con el odio avinagrado, y la sofística permite entretener la duda, la inquietud, el miedo. Como en un legendario relato de Juan Benet, o en un dibujo de Antonio Mingote, una tumba o un campo de cruces nos impiden dormir en paz. [ .. ] Biografía No autorizada de CJC. Las flores tempranas de los almendros […]


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