Una enfermedad de la tierra, la palabra y la sangre

April 7, 2006

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Jacinta Carón deseó que su hijastra lo abandonase todo, su colegio, sus estudios, durante un tiempo, al menos, para acompañarla, mucho más allá de las discretísimas ceremonias con las que se despedía y enterraba a los suicidas en los páramos del valle del Juzo. Ante la dirección del internado de Gilford’s Heights, Jacinta hizo valer su presumido desamparo, su comprensible deseo de reunir a su familia, marcada por tan luctuosa tragedia. En verdad, sus razones íntimas eran mucho más oscuras e impenetrables…

…Deseaba mostrar por las calles de Poncia a su hijastra culpable, vestida con el sudario de la hija de un suicida; paseándola, enlutadas ambas, en el antiguo coche de su padre, conducido por el mismo chofer que ya había acompañado al infierno al viejo don Justo Carón, cuya riqueza tanto había crecido con los despojos de la guerra civil, en cuyas hogueras se inmolaron, sin sentido, las vidas de sus hijos, los primeros usuarios de un automóvil de época, que solo se conservaba, intacto, en apariencia, porque su propietaria última apenas lo utilizaba en contadas ocasiones; como aquella, para imponer a Celia el recuerdo fúnebre de la tierra baldía donde la abandonaron sus padres, enterrados, ambos, en aquellos descampados poblados de abrojos, regados con sangre fratricida.

 

Jacinta retuvo a Celia, en Poncia, durante varias semanas, con el pretexto hipócrita de llorar, juntas, a un ser perdido por sus debilidades y la culpa inconfesable de su hija y esposa; enfrentadas, tía y sobrina, a cara de perro. Despreocupada, indiferente, en definitiva, a los deberes escolares de su hijastra, Jacinta deseaba ilustrarla en las obligaciones debidas a su apellido. Hijo único, su padre había sido el último vástago de una familia que venía de otras tierras, sin gloria ni patrimonio digno de ese nombre. El Jiruña paterno era ya para siempre indisociable del Carón cuya leyenda se confundía de manera inextricable con las primeras poblaciones de la meseta de Poncia y la explotación rapaz de las estribaciones del valle del Juzo; donde, con el paso del tiempo, se habían confirmado estériles todas las ilusiones puestas en unos yacimientos mineros tan exangües como los campos de cereales que, buen año mal año, habían asegurado, durante tantas décadas, las rentas de sus antepasados. Mientras consiguieron escapar a las pasiones y los vicios de la ciudad, continuó creciendo el patrimonio familiar, comprando a bajo precio las casas de familias perseguidas por el infortunio, para poseerlas, vacías, hasta convertir a los Carón en los primeros propietarios de tierras y bienes inmuebles de aquellos parajes; cuya historia, contada por Jacinta, era una historia de interminables relaciones de familias agotadas, extintas, conducidas a la Estigia en la barca cuyo timón estaba ahora en sus manos, nervudas y frías, como la careta de su rostro lívido, máscara de un ser que moraba en una enmohecida oscuridad infernal.

 

La última de los Carón, incluso siendo una Jiruña-Carón, como era el caso de Celia, no podía desconocer sus deberes y obligaciones. La misión de su vida, en definitiva, cuando llegase su hora. Cuyo cumplimiento no podía distraerse ni extraviarse con vanas ilusiones sentimentales sobre personas o cosas, siempre pasajeras y estériles; para respetar y ser fiel a unos lazos trabados con la tierra, desde tiempo inmemorial. Las raíces del árbol talludo y sin frutos de la vida marchita de Jacinta se perdían en la oscuridad de aquellas parameras, azotadas por unos inviernos muy crudos y unos veranos de interminable aridez. Y la ausencia de amor por su hijastra no le impediría legar la condena que deseaba transmitirle, con las obligaciones debidas a su apellido y condición; como si con esa herencia se contagiara el oprobio de una gangrenosa enfermedad de la tierra, la palabra y la sangre.

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