Se puso a sus pies, y pidió que la atara a la cama de hierro con una correa..

May 4, 2006

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En el manicomio de Escombrón, perdido en la lóbrega meseta que unía las tierras de Poncia y Caína, pedregosas, estériles y devastadas por la deforestación y la trashumancia sonámbulas, durante siglos, Jacinta encontró la paz, el hogar y la libertad que había buscado, en vano, desde que tenía uso de razón…

Su presumida demencia le permitía recibir cuidados y atenciones de médicos y enfermeros que escuchaban sin pestañear sus manicomiales delirios enfermizos. Dormía día y noche, perdida en el sueño artificial de la quimioterapia, y se despertaba, entre tinieblas, para soñar que era una jovencita muy atractiva; hasta el extremo de recobrar una cierta coquetería, pintarrajeándose, ante el espejo de su celda, a la espera que viniese a buscarla su esposo muerto. Cansada de esperar, todavía joven y deseable, creía, llegó a pensar que el doctor Claudio Garullo la visitaba seducido por sus encantos. Pero el alienista provinciano la trataba con tanto respeto que Jacinta decidió azuzarlo, repitiendo en voz alta frases muy lúbricas, entre risas; acompañando su melopea lasciva de impúdicos gestos obscenos, que no modificaron la indiferencia clínica del visitante, pero liberaron la imaginación de la viuda, ofreciendo su pajiza desnudez con la avidez de una perra sedienta y abandonada. Como el joven doctor la invitara a calmarse, aumentando las dosis de tranquilizantes intravenosos, Jacinta le ofreció dinero, si la daba gusto.

 

La codicia pueblerina sembró las carnes de Claudio Garullo con un deseo urgente y violento, que, hasta entonces, había permanecido dormido e insensible a la lubricidad inconsolable de una loca. Para un médico provinciano, la fortuna de los Carón, incluso expoliada, todavía poseía un atractivo muy poderoso. Y, en definitiva, la quimioterapia y el reposo, forzado, habían dado a la figura huesuda de Jacinta una patina sebosa que podía tener un cierto atractivo nocturno. Jacinta descubrió en el brillo repentinamente lujurioso de los ojos de aquel hombre su pronta disposición rapaz a venderse por unas monedas; y le besó el cuello, mordiéndolo con sus colmillos, delicadamente, para sellar un pacto que le permitiría recobrar la libertad, encadenando a aquel desdichado, al mismo tiempo que él debía ayudarla a desembarazarse de su hijastra. Dos días después, Jacinta le pidió a su médico que cerrase la puerta de la celda, unos instantes, con mucho sigilo, mientras duraba su visita. Se puso a sus pies, y pidió que la atara a la cama de hierro, con una correa, arrodillada; urgiéndolo a poseerla, con violencia, por detrás, azotándola, mientras la insultaba con obscenidades de burdel cuartelario.

 

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One Response to “Se puso a sus pies, y pidió que la atara a la cama de hierro con una correa..”


  1. […] Biografía NO autorizada de CJC. Se puso a sus pies, y pidió que la atara a la cama de hierro con una correa. […]


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