Los labios que humedeciesen su corola más íntima

May 8, 2006

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Vanidoso y pavipollo, ventrudo y rechoncho, víctima de la gula, barbudo, aliñado y perfumado con esencias de mercería, Claudio Garullo creyó que la viuda Carón se había prendado de su porte de soltero curtido en prostíbulos de carretera, dispuesto a vender sus favores si sus hábitos de muladar podían hacer un favor a aquella desdichada, mucho menos loca de lo que hubiera podido pensarse y dispuesta a ofrecerle mucho más que su cuerpo, que, en definitiva, solo era un mísero pellejo lascivo.

 

En sus momentos de calma, administrada con ansiolíticos, Jacinta sabía enumerar las propiedades y fortuna que todavía eran suyas, si conseguía alejar para siempre a su joven hijastra. Jacinta hablaba a su médico y cómplice en voz baja, salpicando sus palabras con sofocadas risas de bruja. Y el plumaje negruzco con motas blancas y rojas, en el cuello del doctor Garullo, se ponía tieso con la fatuidad del pavo presto al apareamiento con una enferma, cuando escuchaba lo extendido de los bienes que podían ser suyos, reconociendo, por escrito, el carácter muy venial de la demencia de la interna, cuyos achaques podrían tratarse con más eficacia fuera de un manicomio, seguidos y atendidos por un especialista con experiencia, como era su caso. Garullo encontró muy pronto su propio placer en la humillación degradante con la que Jacinta decía encontrar el gozo que nadie le había dado, como él; pero, algo más cuerdo, en su locura de animal de bellota, advertía el peligro mortal, si una enfermera descubría, por azar, como poseía a una loca atada a las patas de su cama. Cuanto antes se diese de alta a Jacinta, antes podrían gozarse, el uno al otro, en una oscuridad quizá menos lúgubre que la del manicomio de Escombrón.

 

El anhelo de la libertad, recobrada, daría a Jacinta milagrosas apariencias de sensatez, sorprendiendo a quienes habían creído liberarse de sus garras y contemplaban, con miedo, tan pronto regreso del ama a la casa de los Carón, en Poncia. Esperando las cartas de Laure Fokine, que no llegaban nunca, y aplazando la hora, fatal, de comenzar una carrera, en Caína, Celia había adelgazado de manera alarmante y su piel de virgen mustia había perdido el albo rosicler, privada la fuente de su ser de los labios que humedeciesen su corola más íntima y seca, condenada a mariposear por las habitaciones y pasillos de la tumba familiar, sin encontrar una ventana por donde huir. Su madrastra volvía acompañada por un torvo personaje que pronto descubrió en su palidez, sus mareos, su vértigo, bien real y doliente, los palmarios síntomas de una peligrosa infección pulmonar.

 

Claudio Garullo visitaba a su enferma y amante una vez por semana. Jacinta podía liberarse con facilidad de la presencia del exiguo servicio que todavía la rodeaba, atendía y cumplía sus caprichos. Pero su hijastra vagaba como un alma en pena, perdida en aquella casona; y su afición a la lectura la mantenía en pie, en vela, insomne, hasta el alba, robando a su madrastra la intimidad absoluta imprescindible para quienes solo podían gozar en el lecho de las tinieblas y la paz de los sepulcros.

 

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One Response to “Los labios que humedeciesen su corola más íntima”


  1. […] Biografía NO autorizada de CJC. Los labios que humedecían su corola más íntima. […]


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