Joven fornido busca viuda solitaria

December 8, 2006

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 El Sunset Hotel que había conocido Lolita, durante los breves semestres que estudió rudimentos de inglés, marketing, publicidad y escritura creativa, en Berkeley, todavía era un hotel anticuado e incómodo, cuyo principal encanto era la liberalidad de su dirección, aceptando a una clientela de paso que pagaba el precio de una habitación, una noche, por una hora escasa de penumbra y vaga intimidad, entre parejas de hombres o mujeres, en confusa promiscuidad, insensibles a una higiene muy rudimentaria, indiferentes al ruido incesante de los ascensores y la publicidad fluorescente del hotel, iluminando todas las habitaciones exteriores con las sombras de su intermitente luz roja. Con los años y el próspero florecimiento del comercio del sexo, en sus modalidades más variadas y peregrinas, el hotel había sido comprado por una cadena de establecimientos especializados en atender los caprichos de clientelas muy diversas…


… En los sótanos, debidamente desinfectados y desratizados, se instaló una discoteca, decorada por la indigente fantasía de un grosero copista sin talento de las Carceri de Piranesi, con muchos rincones vagamente privados, donde los desconocidos podían intimar o intercambiar chupaditas de hierba, sobrecitos de nieve o polvo blanco, preservativos o caprichosos objetos de caucho pintarrajeado con motivos obscenos. La planta baja había podido ampliarse, adquiriendo la parte trasera de un antiguo taller de reparación de automóviles, transformado en gran sala de duchas y baños públicos, para uso individual o compartido, en pareja, en trío, o en grupo, con tarifas siempre decrecientes, que podían incluir toalla y bebidas euforizantes, servicio no incluido. En la quinta planta (para poder ofrecer el recogimiento solitario reclamado por algunos clientes escogidos, con gustos muy precisos y particulares), la nueva dirección había suprimido las minúsculas habitaciones individuales, de fragilísimos tabiques, sustituidas por salas algo más amplias, con paredes insonorizadas, adaptadas a las necesidades de quienes no venían a acostarse y deseaban poder gritar, chillar, aullar, con mucha libertad, arrodillados ante sus verdugos, atados a un potro de gimnasia o a unas argollas clavadas en los muros, prestos a la flagelación humillante que les permitía alcanzar el placer que no encontraban en ningún otro lugar.

 

            La pareja llegó a las inmediaciones del Sunset Hotel a primeras horas de la noche. Porque Lolita, al volante, no había podido resistir la tentación de continuar por la autopista 101 y cruzar la bahía, hasta West Oakland, creyendo que todavía existía la tienda de disfraces y ropa usada donde ella había encontrado tantas gangas, siendo estudiante, años atrás. Pero aquel local de planta baja había sido ocupado por un revendedor chino de televisores y chucherías audiovisuales, donde Celia no podría encontrar ninguna ropa más cómoda y apropiada para pasar menos desapercibida en una discoteca de moda, donde su atuendo de madurita señora de provincias tendría una severidad risible. Imposible encontrar alguna camisita de seda, malva o amarillo pajizo, para poner una nota de color en su silueta, Celia aceptó que Loli le pintase los labios con un rosa brillantísimo, que daba su tono de escándalo a una mascarilla blanca como la nieve, con los ojos y pestañas postizas muy marcadas de negro. Tras retocar el rímel por última vez, sin salir del coche, Lolita se dijo satisfecha de la metamorfosis conseguida con sus afeites de ocasión y animó a Celia, ligeramente avergonzada, diciéndole que se limitara a mirar y sonreír, sin ningún ocioso pudor, contoneando con gracia sus nalgas; ya que su culo, inmenso, haría por ella lo que ella misma todavía desconocía pero se moría por descubrir y alguien le revelaría muy pronto, aquella noche, con gozosa brutalidad. Un garañón mexicano o una yegua irlandesa, quizá, dijo Lolita, con una risa encantadoramente soez, vendrían a darle el castigo por el que ella suspiraba. Pagada la entrada de la discoteca, Loli todavía ayudó a Celia a bajar los peldaños de la escalera que conducía a una ruidosa y abarrotada pista de baile, para perderse, rauda, en busca de su propia presa, tras besarla en el cuello. En pie, como un espectro de sí misma, Celia comenzó a caminar, fingiendo buscar a alguien entre aquellas máscaras chillonas, aquellos adefesios obscenos, tropezando una y otra vez con cuerpos que se contorsionaban con lascivia. Hasta que, alejándose de la pista, para buscar refugio en el rincón de una barra abarrotada de clientes, muy mayoritariamente homosexuales, un joven fornido, con el pecho semi descubierto y unos pantalones de cuero negro, muy ceñidos, la cogió por el brazo para susurrarle al oído una proposición lasciva. Aquel jovencísimo prostituto podía ser su hijo y creía que Celia era una viuda solitaria, ofreciéndole un servicio de ensueño a un precio tirado.

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